Pensar en un hombre se parece a salvarlo

Ángel Petisme

Película infrarroja, Catrimani, Roraima, 1972-1976

Claudia Andujar
Los yanomami queman sus chozas comunitarias cuando emigran, cuando quieren deshacerse de una plaga o cuando muere un líder importante.
Película infrarroja, Catrimani, Roraima, 1972-1976
©
Claudia Andujar

Inicio > Arte y Cultura > Cultura en movimiento > Pensar en un hombre se parece a salvarlo

Lo primero de todo es ponerle a este hermoso niño 52 de ojos vegetales y rasgados un nombre para sacarlo del marcado de animales o esclavos. Yanomami significa ser humano. Pongamos que este niño se llama Vital Yanomami y juega bajo los árboles milenarios y conoce la leyenda del pájaro mainumbí.

Detrás de sus ojos la autopista Transamazónica, las chozas en llamas, los burdeles de la selva, los trenes del diablo. Veo en esa mirada lo invisible, la luz abriéndose paso entre el humo y el aire, los chamanes que despegan a la oscuridad del mundo devorado por los garimpeiros del oro y ganaderos para buscar un nuevo refugio antes de ser envenenados, agredidos, violados.

Si pierdes a tu familia, como Claudia Andújar en 1944 en los campos de concentración nazis, el futuro no dudará en colgarte un cartel como éste Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate y te marcará a fuego y sangre para siempre. Pero la vida es una escuela de segundas oportunidades o no es nada. Me emociona saber que Claudia encontró una nueva familia en los Yanomami que ahora la llaman madre y cuando tiene un problema de salud le mandan (paradojas de un mundo primitivo y algoritmos) ¡un e-mail!

Quien no se busca a sí mismo cada mañana puede perderse por la selva amazónica o los círculos del infierno, pero jamás encontrará más que eco y frecuencias planas. Estas dos imágenes de Claudia Andújar son un grito mudo o una caricia y susurro ensordecedores. Están íntima y trágicamente relacionadas como el arte y la vida. Puedes haber muerto a los veinticinco y ser incinerado con ochenta. Mirar pero no ver, ser sordo y escuchar la plenitud de los silencios si aceptas tus límites como incapacidades. Si no nos saca de nuestra zona confortable, si no nos conmueve, todo arte es inútil.

También como el niño Vital, esta mañana espero en una cola de serpiente de un centro comercial de Hospitalet para vacunarme. Mi número MUPE 0610117007 está grabado en una tarjeta de plástico. A otros se lo tatuaron o grabarán en la muñeca junto a una estrella de David o en Centros de Internamiento para Extranjeros del futuro anterior. Espero paciente mi turno y escribo en mi Moleskine: Somos el bosque arrasado por el dolor, somos un pueblo y un tiempo colectivo. Ríos y adverbios, cielos y nombres en peligro de extinción.

Esto es lo que veo en los ojos de Vital rodeado de la desnudez y la piel de su pueblo, esos ojos entre piernas, tres pies, un brazo, son también mi destino plural. Y el destino del arte.

Todo en llamas afuera y sin embargo nos ordenan permanecer dentro de nuestras chozas. Quizá sea hora de asumir nuestra conciencia de supervivientes. Abrir y aguzar siete sentidos, no dejar flaquear la memoria para que los hombres termita no nos perimetren en nuestras aldeas, nuestros úteros como ellos, confinen en reservas, enjaulen en burbujas. Marcados para vivir, para servir a fines no tan distintos a los de siempre en la Noche del Hombre.

Estoy sordo de redes sociales, ruidos y linchamientos y sin embargo este niño que soy, oye bajo una soga y una cruz de fuego de siete metros, el Chain Gang de Sam Cook y Strange Fruit de Billie Holliday. Las llamas devoran la choza de Vital y las siete familias que la habitaban, los líderes y espejos de la tribu han muerto. Cada día que expira un sabio, arde una biblioteca. Una nueva plaga acecha en las esquinas de la vida como una película infrarroja de sueños detenidos.

La pandemia no terminará hasta que no haya acabado en todas partes. Lo demás es silencio y memoria. Tal vez sea por esto/ que pensar en un hombre/ se parece a salvarlo, como escribió Roberto Juarroz.

Ángel Petisme es poeta, músico y compositor.