El abrazo huidizo de Alberto Giacometti, o el artista bajo la lluvia

Alfonso Armada

Homme qui marche II [Hombre que camina II] 1960 Homme qui marche II [Hombre que camina II] 1960

Alberto Giacometti
Homme qui marche II [Hombre que camina II], 1960
Fondation Giacometti, París
© Alberto Giacometti Estate / VEGAP, 2020

Como náufragos, como huérfanos, como niños. No dejamos de preguntar a los poetas de guardia por el sentido de la cultura en tiempos de oscuridad. Y ellos siempre tienen la respuesta engrasada como un espléndido fusil de repetición. Hay que vivir. Claro. La cultura tiene que servir, y los que no son artistas han de proporcionar al artista (como a los monjes tailandeses) el diario sustento. Para poder seguir rezando. Para poder seguir creando. Y proporcionando a los ciudadanos una clave de interpretación que llevarse a las manos, como una oración, cuando caiga de nuevo la noche sobre la ciudad despavorida.

Giacometti no sirve para abrazar. Si contempláis por ejemplo El hombre que camina, II, lo que acaso reconozcamos es nuestro rastro en la nieve. Una silueta diluyéndose, perdiendo masa corporal, conciencia. Sin equipaje, solo. ¿De eso se trata? ¿Y la esperanza?

No he podido volver a ver ninguna figura de Giacometti, ni pensar en él, sin que resuenen como lluvia sobre un tejado de uralita las palabras que en Mirar escribió John Berger: «la proposición última en la que Giacometti basó toda su obra de madurez consistía en la imposibilidad de llegar a compartir la realidad con alguien». Pero todavía llevaba su lectura un paso más allá: «El acto de mirar era para él una forma de oración; se fue convirtiendo en un modo de aproximarse a un absoluto que nunca conseguía alcanzar. Era el acto de mirar lo que le hacía darse cuenta de que se encontraba constantemente suspendido entre la existencia y la verdad».

Berger comienza su texto hablando de una fotografía en la que se ve a Giacometti cruzando la calle cerca de su estudio en Montparnasse, bajo la lluvia, cubriéndose la cabeza con su propia gabardina. Podría pasar por una de sus figuras. Esas que los exégetas catalogan habitualmente con adjetivos fáciles de reconocer, y que como sustantivos todavía parecen más de cuarzo, feldespato y mica: angustia, inquietud, dolor, miedo.

Nunca me cansa Giacometti, como nunca me cansa Morandi. Porque sé que no me están pidiendo nada. O no me están pidiendo nada más que mire y que si acaso piense.

Buscamos desesperadamente consuelo, explicación, un abrazo que nos ampare porque nos hemos quedado sin el mundo que parecía sólido. Giacometti escribía sus esculturas como Beckett sus piezas de teatro. Después de que se hubiera desvanecido el humo de la Segunda Guerra Mundial. Cioran vio un día a su amigo Beckett sentado en un banco de una avenida apartada del Jardín del Luxemburgo, leyendo un periódico como lo haría uno de sus personajes, y prefirió no interrumpirlo.

Como náufragos, como huérfanos, como niños. ¿Vamos a aprender algo de este confinamiento universal? No puedo hablar por nadie. Ni siquiera casi por mí mismo. ¿Podemos llegar a compartir de verdad la realidad con alguien? El arte no sirve. El arte es. Y el arte de Giacometti es con el mínimo de recursos. Ni siquiera nos interpela. La figura se desvanece bajo la lluvia, sin paraguas, cobijándose con su propia gabardina. O ni siquiera. Dejando que se le empape la cabeza. ¿El sentido de la vida? ¿El sentido del arte? Un camino en medio de la oscuridad. Y este resplandor íntimo como un candil.

Alfonso Armada. Escritor y periodista. Actualmente es adjunto al director de ABC y director del Suplemento ABC Cultural. Dirige también la revista digital FronteraD.