Una terrible metáfora de la modernidad

Josefina Gómez Mendoza

Albuquerque, New Mexico, 1972

Lee Friedlander
Albuquerque, New Mexico, 1972
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 Lee Friedlander, courtesy Fraenkel Gallery, San Francisco

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Todos sabemos que no vivimos en un paisaje, todo lo más en un lugar: una calle, un patio de manzana, un bloque residencial, una vía de tren o una autovía cerca, una playa de aparcamiento, un adosado. Pocos deben ser los que tengan vistas al Retiro, a Central Park o a los Jardines del Luxemburgo.

Los geógrafos vivimos (o vivíamos, porque ahora está el móvil) con una cámara al hombro, como herramienta de oficio, además de otros aditamentos. Pero ahora pienso que casi siempre, –cuando fotografiaba desde un relieve alto, desde la ventanilla de un avión (cuando se fotografiaba antes de que se oscurecieran las cabinas, tanto de día como de noche), desde el último piso de un inmueble, o desde el suelo–, que casi todas las fotos que he hecho eran demasiado explícitas, quizá solo ilustraciones para la clase, como si el carro de diapositivas fuera a la llamada clase magistral lo que las ilustraciones al libro de texto. Ilustraciones en su mayoría sin personas (solo nos permitíamos a veces incluirlas para dar la escala). El concepto de paisaje hoy se ha ampliado mucho, ha dejado de ser solo escénico, de belleza natural o tradicional, rural o urbano, para ser, en Europa al menos, «una parte del territorio cuyo carácter es el resultado de la acción y de la reacción de factores naturales y humanos, tal como lo percibe la población» (Consejo de Europa, 2000, Ley 42/2007). Todo es susceptible de ser vivido, estudiado, regulado y ordenado como paisaje. Pero dudo que este entendimiento haya penetrado lo suficiente en nuestra mente y en nuestra sensibilidad.

John B. Jackson, un paisajista de una generación anterior a la de Lee Friedlander, advirtió que los paisajes americanos no se podían plantear solo como categoría estética o tradicional. Le preocuparon siempre los nuevos elementos del paisaje. El paisaje actual, más aún en un país «nuevo», es circulación, además de hábitat (dwelling). Ya dijo Cerdà, en su proyecto de reforma de Madrid, que las calles son «caminos que andan». La movilidad se convierte en representación de la modernidad y circular se impone sobre habitar.

Por todo ello este encuadre perfecto de Lee Friedlander, de elementos aparentemente banales, es tan fascinante: todo es espacio para circular y para habitar, pero está vacío. Dominan los semáforos apagados, los coches aparcados, un perro sentado. Tampoco hay nadie en las casas, una vivienda unifamiliar con aspiraciones estilísticas, un inmueble residencial de pisos, que muestra aquello que decía también Jackson: los americanos, hasta en lo vertical, prefieren lo horizontal.

Una imagen cargada de sentido, una terrible metáfora de la modernidad, todo banal, todo construido, todo amueblado para que no haya nadie. Quedan fuera esos otros espacios de la modernidad que hoy sabemos que también se pueden concebir vacíos: los centros comerciales, las ciudades temáticas, todas las disneylandias de este mundo. Una terrible metáfora, también, de la actualidad.

Josefina Gómez Mendoza es geógrafa, escritora, miembro de la Real Academia de la Historia y de la Real Academia de Ingeniería.