Demencia: impacto en la conducción

Demencia: el impacto que tiene en la conducción Demencia: el impacto que tiene en la conducción

La demencia disminuye la capacidad de conducir de forma segura y sin embargo, una de cada tres personas que padecen demencia en nuestro país, conducen. Desde Fundación MAPFRE os explicamos en qué consiste este síndrome y qué impacto tiene sobre la población conductora y la seguridad vial en nuestras carreteras.

Dada sus repercusiones médicas, sociales y económicas, la OMS reconoce la demencia como uno de los problemas de salud pública más importantes de nuestra sociedad, siendo la causa más frecuente de su aparición las enfermedades neurodegenerativas y, entre ellas, el Alzheimer. Se trata de un síndrome caracterizado por un deterioro intelectual del sujeto con repercusión en múltiples tareas cognitivas, como la velocidad de pensamiento, la memoria o el lenguaje.

La demencia tiene mayor grado de incidencia entre la población anciana. En España, afecta al 20% de personas mayores de 80 años y al 25% de personas mayores de 85. Este factor, sumado al envejecimiento de la pirámide poblacional española, han derivado en un aumento del número de conductores con edad avanzada, y en consecuencia, también un incremento del número de conductores que sufren demencia.

La Dirección General de Tráfico indicaba en su Estrategia de Segurid ad Vial 2011-2020 que el riesgo de sufrir un accidente de tráfico es superior entre los conductores mayores de 64 años (5,1%) que en otros rangos de edad (2,1%). Este incremento del riesgo está relacionado con el deterioro de la habilidad para conducir inherente a la edad y con la aparición de enfermedades, siendo la demencia una de las principales responsables.

No obstante, no se trata de un proceso inevitable y hay personas mayores que mantienen inalterada su capacidad intelectual. Por ello, es posible afirmar que sujetos de edad avanzada o con demencia leve pueden ser capaces de conducir con seguridad.

Demencia: evaluación y diagnóstico

El diagnóstico de la demencia por sí solo es a menudo insuficiente para determinar la competencia del conductor. Previsiblemente, las personas que la padecen tendrán que dejar de conducir en algún momento del proceso de su enfermedad. Sin embargo, no existen herramientas de evaluación objetiva que predigan la presencia de unas habilidades deficientes y por tanto, determinar qué momento es el adecuado para dejar de conducir se presenta como un desafío para los médicos.

Actualmente, la exploración neuropsicológica incluye ciertas pruebas que pueden ayudar a diferenciar entre los sujetos que pueden conducir y los que no. Así, desde las consultas de

Atención Primaria o Neurología se pueden establecer los criterios iniciales de deterioro cognitivo o trastornos conductuales que desaconsejen la conducción de un vehículo, para posteriormente emplear test específicos que los corroboren.

En España, los exámenes para determinar el estado cognitivo y funcional de los pacientes se realizan mediante el ASDE Driver Test, y las pruebas que han demostrado correlación con la habilidad de conducción han sido el Mini Mental Test Examination (MMSE), el Trail Making Test y las pruebas de atención visual. El uso de estas pruebas como método de cribado puede llegar a evitar hasta 6 accidentes por cada 1000 personas mayores de 65 años.

El método de evaluación de la habilidad para conducir de las personas mayores difiere en función de la normativa de cada país. En nuestro país, es obligatorio realizar una valuación médica para renovar la licencia desde los 45 años, con revisiones posteriores cada cinco años hasta los 70 años, y posteriormente cada dos años.

Demencia: abandono de la conducción

En la evaluación y detección de los conductores con deterioro cognitivo, es cada vez más importante tener en cuenta los efectos positivos y negativos de dicha evaluación, valorando por un lado la seguridad pública y por otro, el impacto en la autonomía del conductor y su familia. El principal motivo es que dejar de conducir puede tener consecuencias en la salud y puede limitar las relaciones con la familia, amigos o el acceso a los servicios de la comunidad.

En general, las personas con deterioro cognitivo a causa de la demencia tienden a reducir su conducción por decisión propia. No obstante, algunos pacientes continúan conduciendo debido a que no son conscientes de su enfermedad, y son los familiares o cuidadores quienes han de tomar la decisión. Además, cuando los pacientes con demencia leve o moderada presentan alteraciones de la conducta (alucinaciones, apatía o agresividad), el abandono de la conducción aumenta en más de un 60%.

En el proceso de abandono se han detectado tres fases. En primer lugar, la persona afectada valora su seguridad vial frente a los inconvenientes que implican no conducir. A continuación inicia una fase de crisis, protagonizada por conductas de riesgo, movilidad reducida y adaptación a una vida limitada en lo que respecta al transporte. Por último, el paciente percibe una disminución de su actividad diaria e incluso puede sentirse excluido socialmente.

La realidad es que la demencia constituye un grave problema socio-sanitario que condiciona la calidad de vida de las personas que la padecen y sus familias. El aumento del riesgo en la conducción y la pérdida de autonomía, impiden que las personas afectadas puedan llevar una actividad normalizada. Si este es vuestro caso, o el de algún familiar cercano, desde Fundación MAPFRE os aconsejamos que afrontéis el abandono de la conducción de una manera paulatina para evitar posibles consecuencias traumáticas. Además, aconsejamos a los profesionales médicos que, cuando evalúen las habilidades de conducción de los afectados, no sólo tengan en cuenta los test neuropsicológicos, sino que apliquen un enfoque más real de la persona.