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Consumo y abuso de cannabis y otras drogas (incluyendo el alcohol)
El consumo de sustancias psicoactivas en la adolescencia representa una preocupación creciente en los entornos escolares, no tanto por su existencia per se, que forma parte de una realidad social compleja, sino por los riesgos que entraña cuando se produce en edades tempranas, de forma habitual o con fines evasivos.
El alcohol y el cannabis son, por su accesibilidad y normalización social, las sustancias más comúnmente consumidas en esta etapa, y su uso está frecuentemente relacionado con la presión del grupo, la búsqueda de identidad, la necesidad de pertenencia, búsqueda de evasión o la gestión deficitaria del malestar emocional. No obstante, es crucial diferenciar entre el consumo experimental (que no siempre implica riesgo severo), el consumo habitual y el consumo problemático o abusivo, que conlleva deterioro funcional, dependencia psicológica o fisiológica y consecuencias psicosociales relevantes.
En el entorno escolar, el papel del profesorado no es realizar un diagnóstico clínico, sino detectar indicadores conductuales que pue-dan alertar de un posible problema. Entre ellos se encuentran: cambios bruscos en el comportamiento, deterioro del rendimiento académico, absentismo intermitente, conductas de riesgo, alteraciones en el estado de ánimo o el abandono de hábitos saludables. Estos síntomas deben ser leídos en clave de proceso, no como hechos aislados, y tratados desde una lógica de acompañamiento, no de criminalización.
Una vez detectada o se sospecha de una posible situación de riesgo, la actuación debe articularse en coordinación con el Equipo de Orientación, los Servicios Sociales (si procede) y la apertura de un canal de diálogo con la familia desde el respeto y la preocupación compartida.
La intervención debe ser precoz, sostenida y, sobre todo, contextualizada en la biografía y circunstancias del/la adolescente. El centro educativo, además, tiene una responsabilidad estructural y cumple una función preventiva de primer orden, mediante la implementación de programas de educación para la salud basados en evidencia, centrados en el desarrollo de habilidades de afrontamiento, regulación emocional, pensamiento crítico y autoestima. Las charlas puntuales o los enfoques moralizantes han demostrado ser ineficaces; en cambio, el trabajo longitudinal en tutorías y la creación de un clima escolar seguro y participativo son factores protectores reales frente al consumo de sustancias durante esta etapa.
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