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¿Cómo comunicarme con el resto del grupo para fomentar el respeto sin exponer ni etiquetar al alumno trans?

El aula debería ser siempre, al menos en espíritu, un lugar donde cada estudiante pueda sentirse seguro y aceptado en su singularidad. Sin embargo, cuando un alumno trans comienza a expresar su identidad de género de manera más visible, es comprensible que el profesorado sienta cierta incertidumbre: ¿cómo promover un clima de respeto y comprensión en el grupo sin señalar ni estigmatizar a la persona implicada? Consideramos que la clave está en intervenir desde una perspectiva universal y pedagógica, no desde la urgencia ni desde un enfoque personalista que pueda poner en riesgo la intimidad de nadie. Vale la pena recordar que educar en valores como la diversidad y la empatía no es algo que dependa de la exposición de una sola historia personal; es una responsabilidad colectiva que nos concierne a todos. Por eso, el mejor momento para hablar de estas cuestiones no es “cuando ya ocurre algo”, sino siempre, antes de que surjan conflictos o comentarios dañinos. Y si ya han surgido, también es posible reconducirlos con cuidado y con una orientación hacia el grupo, no hacia la persona.

Una estrategia eficaz consiste en incluir explícitamente en las normas de convivencia del aula el respeto a la identidad y la expresión de género, igual que incluimos la no violencia, la escucha o el rechazo al acoso. Este tema puede abordarse, por ejemplo, durante una tutoría o en una reflexión grupal sobre cómo queremos que sea la convivencia entre nosotros, un espacio donde nadie tenga que avergonzarse de ser quien es.

En esa conversación, conviene que el lenguaje del profesor sea inclusivo y neutro, subrayando que la diversidad humana no es un problema que haya que gestionar, sino una riqueza que nos toca aprender a cuidar. Frases sencillas, como: “En esta clase, cada persona tiene derecho a ser llamada por el nombre y los pronombres con los que se identifique, y todos nos comprometemos a respetar eso”, ayudan a fijar el mensaje sin personalizarlo ni insinuar a quién va dirigido. También es útil ilustrar esta idea con ejemplos variados y cotidianos, que reflejen la pluralidad de identidades sin asociarlas a ningún compañero presente.

No menos importante es cuidar no solo qué se dice, sino cómo y cuándo se dice. Este tipo de mensajes funcionan mejor cuando se integran en dinámicas generales de convivencia y educación emocional, y no como una reacción inmediata a un incidente concreto. Además, conviene evitar miradas o gestos que señalen, incluso sin querer.

También ayudan las pequeñas señales silenciosas, carteles con mensajes de respeto a la diversidad, símbolos de apoyo (como un discreto distintivo con los colores del orgullo) o materiales didácticos que representen distintas realidades. Estas presencias normalizan la diversidad sin tener que verbalizarla ni asociarla a nadie en particular.

Si aparecen comentarios inadecuados, conviene responder con serenidad y firmeza, recordando las normas del aula y explicando por qué ciertas actitudes son dañinas. Aquí también es esencial no señalar al alumno trans como víctima ni protagonista, la conversación debe centrar-se en la conducta grupal y en las expectativas comunes de convivencia.

Por último, es importante mantener un canal privado y abierto de comunicación con el alumno trans. Preguntarle, con discreción y respeto, si se siente cómodo con el modo en que se están manejando las cosas, y qué apoyos espera del profesorado, es una forma de reconocerle y protegerle sin ponerle en el centro del escenario.

En resumen, el respeto no se impone apuntando a una persona concreta, sino cultivando un clima donde todos aprendamos a convivir con la diversidad como lo que es, algo natural. La voz del profesor, cuan-do se alza para recordar que nadie debe ser etiquetado ni ridiculizado por cómo se siente o se presenta, se convierte en un escudo para los más vulnerables y en una lección de empatía para todos.

En un aula donde las normas son justas y la diversidad se vive como un valor, no como una concesión, el alumno trans puede reivindicar ser quien es y, al mismo tiempo, ser ejemplo que educa a los demás. Esa es, precisamente, la tarea del adulto, cuidar del grupo y cuidar, con respeto y sin hacer ruido, de quien más lo necesita

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