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¿Cómo puedo adaptar mi lenguaje, actitud o actividades en clase para que el alumno con diversidad de identidad y/o orientación sexual se sienta respetado y seguro?
El respeto y la seguridad para un alumno con diversidad de identidad u orientación sexual no se construyen con una sola acción, ni en un solo día. Es un entramado cotidiano de gestos, palabras y silencios llenos de cuidado, que van tejiendo un espacio donde esa persona pueda respirar tranquila y ser, sin miedo.
Lo primero es mirar a cada alumno con honestidad, sin filtros de prejuicio ni categorías prefabricadas, reconociendo en su ser y en su historia una dignidad innegociable. Mirarles de verdad. El lenguaje importa, y mucho, nombrarles como ellos eligen, sin dudas, sin miradas cómplices ni condescendencia, utilizar los pronombres que desean no como si les hiciéramos un favor, sino porque es lo justo, porque cualquier otra cosa sería injusta. Y esto no es sólo un asunto de gramática, sino de reconocimiento.
También importa lo que no se dice, las bromas que evitamos, los comentarios “inocentes” que desarmamos, los estereotipos que desmontamos con serenidad, las pequeñas observaciones que sabemos que pueden herir más que las grandes ofensas. Importa la manera en que respondemos cuando alguien, aunque sea en broma, pone en duda la valía de esa persona, esa es una oportunidad para mostrar con claridad que no hay lugar para la burla ni la exclusión.
En las actividades de clase podemos sembrar semillas de reconocimiento incluyendo materiales donde sus realidades estén presentes, personajes diversos en los cuentos, ejemplos que no siempre partan del modelo heterosexual y cisgénero, debates que cuestionen los mitos y hablen abiertamente de la diversidad como una riqueza. Y no sólo cuan-do el tema “toca” en el currículo, sino como parte de la vida cotidiana del aula, como algo normal, no como una excepción que se comenta una vez y se olvida.
Y, sobre todo, importa nuestra actitud. Una mezcla de apertura, ternura y firmeza ante la injusticia. La apertura para escuchar, para aprender incluso de lo que no sabemos, para dejar que el alumno nos enseñe quién es sin forzarlo a explicarse más de la cuenta. La ternura para sostener cuando percibimos que algo duele, para ofrecer un refugio emocional sin invadir. Y la firmeza para cortar en seco cualquier discriminación o falta de respeto, incluso cuando parece pequeña.
El alumno percibe cuándo el aula es un espacio seguro. Percibe cuándo no tiene que esconderse, cuándo incluso en sus días más difíciles sabe que no será burlado ni ignorado. Esa certeza, la de que aquí puede ser él, ella, elle, es uno de los mejores regalos que podemos darles. Y también, en cierto sentido, uno de los mayores aprendizajes para el resto de la clase, entender que cada persona merece respeto simplemente por ser.
Crear un aula así no es fácil, ni instantáneo, pero sí posible. Y a menudo, basta con un maestro o maestra que decida mirar y actuar con esa delicadeza valiente que tantas veces cambia una vida.
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