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¿Qué debo tener en cuenta si el alumno está en proceso de transición social (nombre, pronombres, apariencia)?
El proceso de transición social de un alumno es, sin duda, un tiempo de vértigo y de esperanza. Puede sentirse como un salto al vacío y, al mismo tiempo, como una liberación largamente esperada. En esa dualidad, liberador y aterrador a la vez, conviven la valentía y el miedo, la ilusión de ser por fin quien uno es y la angustia de no saber cómo será recibido. Por eso, acompañarle desde el aula exige una enorme delicadeza, casi artesanal, para no herir ni con las mejores intenciones.
La regla fundamental es sencilla y radical, respeto escrupuloso a sus decisiones. A cómo quiere ser llamado, a cómo quiere ser mirado, a cómo quiere habitar su cuerpo y su lugar. Aquí no hay espacio para opiniones personales sobre si “está preparado” o si “es el momento”; sólo cabe aco-ger su decisión con la seriedad que merece y actuar en consecuencia.
No basta con usar el nombre y los pronombres correctos, aunque eso sea indispensable. También es necesario cuidar otros detalles menos evidentes, pero igual de importantes, proteger su intimidad, no señalar-lo ni exponerlo innecesariamente, no convertir su transición en tema de conversación ni en el aula ni en el claustro. Esa tentación de “informar para que todos sepan” debe ser contrarrestada con la pregunta: ¿esto le cuida o le vulnera?
Preguntarle directamente, siempre en privado, siempre con discreción, cómo quiere que le acompañemos, qué espera de nosotros, qué podemos hacer para que se sienta más cómodo, no sólo resuelve dudas prácticas, sino que alivia enormemente su carga. Saber que alguien se toma el tiempo de preguntarle con respeto, en lugar de asumir o improvisar, ya es un bálsamo.
Habrá momentos en que las decisiones sobre cómo actuar superan el ámbito de un solo docente. En esas ocasiones conviene hablar con dirección, con el equipo de orientación o con la persona responsable de convivencia, para que las medidas que se tomen sean coherentes en todo el centro y no queden a merced de la sensibilidad de cada profe-sor. El alumno necesita un entorno estable, no un mosaico de buenas intenciones desordenadas.
Todo esto, en última instancia, tiene un único propósito: que el aula siga siendo su refugio y no su campo de batalla. Que pueda aprender, convivir y crecer sin la sensación de estar siempre en guardia, sin miedo a ser observado, corregido o comentado. Que sienta que tiene derecho, como cualquiera, a habitar ese espacio con dignidad y sin disfraz.
Hay transiciones que marcan una vida. Saber que en ese tramo del camino encontró en nosotros respeto y cuidado es, quizá, una de las mejores lecciones que podemos ofrecer.
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