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Problemas de disciplina y comportamiento, un difícil equilibrio

Los llamados “problemas de disciplina” no deben reducirse únicamente a conductas disruptivas o a incumplimiento de normas. Muchas veces, son expresiones de necesidades emocionales no atendidas, dificultades de autorregulación o respuestas a situaciones de estrés o conflicto. Mirarlos desde la sensibilidad implica preguntarnos qué nos está queriendo decir el comportamiento, antes de quedarnos solo en la consecuencia que el mismo puede tener. Nos estamos refiriendo a aquellos comportamientos que interfieren en el clima de aprendizaje, afectan la convivencia o dificultan la dinámica del grupo, pudiendo ir desde la desatención constante, el desafío a la autoridad o la agresividad hacia iguales, hasta el aislamiento marcado. En todos los casos, conviene entenderlo como un mensaje que nos ofrece información sobre el estado psicológico y social del niño/a y adolescente.

En ningún caso, normas y convivencia escolar debe confundirse con castigo. Establecer límites claros, coherentes y compartidos es necesario para que el alumnado se sienta seguro y pueda orientarse, también, en sus relaciones. Es importante, que estos límites vayan acompañados de una dimensión educativa: explicar el porqué de las normas, modelar comportamientos respetuosos y ofrecer oportunidades de reparación. El objetivo es que el estudiante aprenda y no solo que obedezca.

Hay situaciones en las que la conducta persistente o muy disruptiva puede indicar un malestar más profundo o la presencia de sintomatología o, en situaciones específicas, un trastorno. Si las estrategias habituales no dan resultado, es necesario solicitar el apoyo de equipos de orientación, o de otros profesionales especializados en dicha valoración.

Por otro lado y tan importante como lo anteriormente mencionado, la comunicación con las familias es esencial, siempre desde una actitud de colaboración. Compartir observaciones, escuchar su perspectiva y acordar estrategias conjuntas aumenta la coherencia de las intervenciones. Cuando las familias se sienten reconocidas y acompañadas, es más probable que colaboren en la construcción de un entorno estable para el alumnado.

Algunas estrategias prácticas en el aula podrían ser:

Reforzar las conductas positivas.

Anticipar rutinas y dar previsibilidad, para que el estudiante sepa qué esperar.

Establecer acuerdos de convivencia de manera participativa, implicando al grupo.

Usar un lenguaje claro, firme y respetuoso al marcar límites.

Favorecer momentos de pausa o espacios de calma para la autorregulación.

Promover actividades cooperativas que fortalezcan la pertenencia y la responsabilidad compartida.

Ofrecer oportunidades de reparación y aprendizaje tras una conducta
inadecuada, evitando sanciones únicamente que signifiquen un castigo.

En definitiva, los problemas de disciplina y comportamiento son un reto, pero también una oportunidad para educar en valores, convivencia y regulación emocional. Mantener la sensibilidad, sostener el equilibrio entre firmeza y empatía, y trabajar en red con familias y profesionales son claves para transformar la dificultad en un aprendizaje significativo.

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