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¿Cómo debería actuar el profesorado una vez el alumno ha vuelto al centro después de un ingreso de salud mental si nadie le ha dado pautas? A nivel académico ¿se debe ser permisivo con ellos o se siguen los criterios establecidos en cada una de las asignaturas?

Cuando un alumno regresa al centro educativo después de haber atravesado un ingreso por motivos de salud mental, el profesorado se encuentra, muchas veces, sin directrices claras ni información específica sobre cómo proceder. Esta falta de orientación puede generar incertidumbre, errores involuntarios o incluso actuaciones que, sin intención, resulten contraproducentes para el proceso de recuperación del estudiante.

En ausencia de pautas formales por parte del equipo clínico o de la familia, algo relativamente frecuente por razones de confidencialidad, protección de datos o decisiones personales, el profesorado debe actuar con una actitud de prudencia, respeto y apertura. Lo más recomendable, siempre que sea posible, es solicitar ayuda al equipo de orientación del propio centro, o bien establecer canales de comunicación con los referentes familiares o sanitarios, si estos lo autorizan. Sin embargo, incluso cuando no se disponga de información detallada, hay principios generales que pueden y deben guiar la actuación docente.

En primer lugar, debe prevalecer un enfoque de acompañamiento individualizado, que reconozca el momento vital por el que ha pasado el alumno. Esto implica observar, escuchar, y adaptar las demandas académicas de forma realista, sin caer en el extremo de una sobreprotección que desresponsabilice, pero evitando también aplicar criterios uniformes que ignoren la vivencia del alumno. Aquí el equilibrio es clave, se trata de sostener, no de exigir; de acompañar, no de invadir.

Respecto al plano estrictamente académico, no se trata tanto de “ser permisivos” como de ser justos y humanos. La evaluación debe mantener criterios claros, pero también contemplar ajustes razonables que permitan al alumno retomar su ritmo progresivamente. Esto puede incluir flexibilizaciones en la entrega de trabajos, adecuaciones en el volumen de estudio o evaluaciones alternativas, siempre dentro del marco que permite la normativa educativa y sin comprometer la adquisición de los aprendizajes esenciales.

Conviene recordar que la equidad no es aplicar lo mismo a todos, sino ofrecer a cada quien lo que necesita para desarrollarse con dignidad. El alumnado que ha atravesado un proceso de salud psicológica suele volver con un alto grado de vulnerabilidad, pero también con un deseo implícito de normalidad. No buscan privilegios ni condescendencia, sino comprensión, espacio y tiempo. El profesorado, como parte fundamental del entorno educativo, puede ser un factor protector crucial o, por el contrario, un factor de riesgo si no se actúa con sensibilidad. Por tanto, la actuación docente debería sustentarse en tres pilares básicos:

1. Flexibilidad estructurada: adaptar las exigencias sin desdibujar el marco pedagógico. Es posible mantener los estándares de calidad educativa incluyendo criterios de adaptación temporal.

2. Comunicación cuidadosa: evitar juicios, no presionar para obtener explicaciones personales, y ofrecer disponibilidad emocional sin invadir.

3. Colaboración interprofesional: apoyarse en el equipo de orientación, tutoría y, si es viable, en los recursos externos (salud mental, servicios sociales, etc.).

En definitiva, ante la falta de indicaciones formales, el profesorado debe adoptar una postura ética, compasiva y profesional. No se trata de improvisar, sino de actuar con sentido común y sensibilidad humana. La escuela puede, y debe, ser un espacio seguro para que la persona reconstruya sus vínculos, recupere su autoestima y reanime su deseo de aprender y estar en el mundo. Desde esa mirada, enseñar también significa cuidar. Y, a veces, cuidar es acompañar en silencio, sostener sin preguntar demasiado, y confiar en que el alumno, poco a poco, encontrará su propio ritmo para regresar a la vida.

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