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Cuando los padres muestran signos evidentes de discapacidad y/o de trastornos
Algunos/as estudiantes crecen en hogares donde sus padres o cuidadores presentan una discapacidad o un trastorno de salud mental. Debemos resaltar en primer lugar, que esta situación no implica de manera automática un entorno inadecuado, sino que, en algunas ocasiones, puede generar necesidades específicas que conviene atender desde la escuela.
El profesorado puede convertirse en un punto de apoyo clave y estable ofreciendo seguridad, confianza y rutinas claras. Observar cómo el estudiante se desenvuelve en lo académico, en lo emocional y en lo social ayuda a detectar áreas que reforzar. Asimismo, la relación con las familias será también esencial, debiendo basarse en la cercanía y el res-peto, evitando juicios o suposiciones. Escuchar sus perspectivas, valorar los esfuerzos que realizan y buscar conjuntamente recursos cuando sea necesario, son claves para construir una alianza educativa. Con el alumnado, es importante transmitir normalidad, cuidado y apoyo, evitando etiquetas y acompañando desde la confianza.
En algunos contextos, las dificultades derivadas de la discapacidad o del trastorno pueden generar tensiones familiares que repercuten directamente en los niños y niñas, pudiendo aparecer:
— Sobrecarga de responsabilidades (cuidado de hermanos/as, tareas domésticas, contención emocional de adultos).
— Inestabilidad en los cuidados, con rutinas poco previsibles o cambios frecuentes en las figuras de referencia.
— Climas emocionales desbordados, donde el estrés, la ansiedad o el conflicto se vuelven habituales.
— Aislamiento social, tanto de la familia como del propio estudiante, por miedo al estigma o falta de apoyos.
Estos escenarios requieren de una observación atenta y una intervención coordinada con orientación, servicios sociales y, cuando corresponda, con profesionales de salud. El objetivo siempre es el de sostener y proteger al niño/a para que pueda continuar su desarrollo en condiciones seguras y estables.
No debemos olvidar que un riesgo frecuente en estas situaciones es la estigmatización, tanto hacia las familias como hacia los propios niños, niñas y adolescentes. El rol docente es clave en contrarrestar prejuicios, generar un clima inclusivo y transmitir al grupo la importancia del respeto y la empatía.
En resumen, se trata de reconocer que los contextos familiares son diversos, y que un adecuado acompañamiento desde la escuela puede marcar la diferencia.
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