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Áreas de intervención del profesor; el orientador; y el psicólogo escolar.
La atención integral al alumnado en el contexto educativo requiere un enfoque interdisciplinar y corresponsable entre las distintas figuras profesionales que conforman el sistema escolar. Entre ellas, el profesorado, el orientador y el psicólogo escolar desempeñan funciones claramente diferenciadas, pero profundamente interdependientes.
El docente, por su contacto diario y sostenido con el alumnado, es la primera figura de referencia, tanto a nivel académico como emocional. Su capacidad de observación continua lo sitúa en una posición privilegiada para detectar cambios en la conducta, el rendimiento o el estado anímico de los estudiantes. Además, a través de la acción tutorial, contribuye al desarrollo de habilidades socioemocionales, la cohesión del grupo y la prevención de conflictos. La implementación de metodologías activas, evaluaciones formativas y estrategias de atención a la diversidad también entra dentro de su ámbito de competencia, siendo un agente clave en la generación de contextos inclusivos y motivadores. Por su parte, el orientador u orientadora ejerce una función más especializada y técnica en el diagnóstico de necesidades educativas, la elaboración de adaptaciones curriculares, la planificación de intervenciones individualizadas y el acompañamiento a los equipos docentes. Su labor abarca tanto el ámbito educativo como el personal, familiar y vocacional del alumnado. Es el nexo entre los distintos niveles del sistema: articula recursos internos del centro educativo con servicios externos, como Salud Mental, Servicios Sociales o Programas de apoyo. Además, asume un papel relevante en la formación del profesorado, el asesoramiento a las familias y la gestión de planes institucionales (convivencia, orientación académica y profesional, inclusión, igualdad, etc.).
El psicólogo escolar, cuando está presente en el centro educativo o vinculado a servicios externos, tiene un perfil clínico y terapéutico más definido. Su intervención se dirige a casos en los que existe sintomatología psicológica relevante, como ansiedad, depresión, trauma, conducta disruptiva grave o autolesiones. Realiza valoraciones psicodiagnósticas, propone planes de intervención individualizados y, en colaboración con el orientador, establece criterios para posibles derivaciones a unidades de salud mental. También puede colaborar en la formación del profesorado en habilidades de detección y manejo de situaciones emocionalmente complejas en el aula.
La sinergia entre estas figuras profesionales es esencial para garantizar un abordaje holístico del alumnado, donde lo académico y lo psicosocial se entienden como dimensiones inseparables del desarrollo educativo. La actuación coordinada, con canales de comunicación flui-dos, protocolos comunes y espacios de trabajo colaborativo, maximiza la eficacia del sistema de apoyo al alumnado.
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