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¿Qué medidas tomar con los alumnos cuando uno de sus compañeros se ha suicidado?

Evidentemente al suicidio es un hecho de gran impacto tanto en el entorno más próximo del paciente como en el entorno educativo cuando se produce en etapa escolar. Esta situación genera una gran incertidumbre y una cantidad de preguntas y de sentimientos de culpabilidad entre los más cercanos.

Desde el punto de vista del centro escolar ante una circunstancia de estas características se deben de realizar una serie de actuaciones tales como:

Activar el protocolo de intervención en crisis que deben tener los centros educativos

Comunicación adecuada informando de forma clara, veraz y respetuosa sin entrar en detalles ni en el método de elección para el suicidio, ni glorificar el acto y evitando eufemismos. No se debe juzgar ni especular.

Se deben evitar homenajes, rituales que idealicen al fallecido ya que pueden inducir a imitación

Apoyo emocional inmediato a la clase facilitando espacio de escucha individual o en grupo.

Intervención con el grupo afectado, validando emociones como la tristeza, confusión, rabia o culpa explicando que nadie es responsable de lo sucedido

Hacer detección prevención especial de los alumnos vulnerables por tener historial de depresión o autolesiones

Trabajar con las familias ofreciéndoles orientación para hablar con sus hijos en casa

Cuidado del personal docente ofreciendo contención también y previniendo la sobrecarga emocional del personal

Continuar con la vida escolar volviendo a la rutina poco a poco y no suspender clases ni centrar todas las actividades en el suceso

La OMS recomienda como tratamiento de elección el desarrollo de grupos de apoyo con la asistencia de otras personas que han pasado por una situación similar como supervivientes

Cuando se nos manifiestan ideas autolíticas o de suicidio

Carmen Tejedor, psiquiatra con la que este país siempre estará en deuda por su contribución a la prevención del suicidio, respondía magistralmente en una entrevista: << Lo primero que hay que hacer cuando alguien manifiesta su ideación suicida es “no negar” que tiene esa intención. En segundo lugar, preguntar: “¿y por qué?, ¿y cuándo…?”. Y en tercer lugar: ganar tiempo, aplazar la decisión (no intentar quitarle las ideas suicidas): “Hablemos, siempre puedes suicidarte mañana…>>.”

A pesar de lo aparentemente frívola que pueda parecer esta res-puesta, hay mucha literatura científica, muchos años de práctica clínica, y muchas experiencias que avalan esta afirmación de la Dra. Tejedor.

Aún a riesgo de que mi respuesta sea extensa, pretendo que sea eminentemente práctica y clarificadora. Pero considero necesario en-marcar antes adecuadamente esta pregunta con el propósito de que los profesionales del ámbito educativo, se sientan más seguros a la hora de enfrentar este tipo de situaciones. Con este propósito, creo imprescindible intentar “rebajar el nivel de alarma y de urgencia” que nos asalta al escuchar este tipo de comentarios por parte de un menor.

Aunque los datos recientes indican un aumento significativo en el número de ingresos hospitalarios por autolesiones, y la prevalencia de la ideación suicida es notablemente alta entre los adolescentes, la gran mayoría de estos jóvenes no intentará suicidarse, ni tampoco morirán por suicidio. Esto implica que ideación suicida y autolesiones, no son predictores directos de suicidio consumado. No siempre la ideación o la autolesión se traducen en un intento real de suicidio, y mucho menos en muerte por sta causa. Son fenómenos relacionados, pero no equivalentes.

Los profesionales de cualquier ámbito: sanitario, urgencias, emergencias…, etc., y también los del ámbito educativo (menos familiarizados quizá con este tipo de situaciones), seguimos arrastrando el lastre y el estigma que gira en torno al suicidio desde hace muchas décadas. Una de las más extendidas popularmente, es la pública asociación entre suicidio y trastorno mental. La presencia de un trastorno mental no es condición necesaria ni suficiente para tener una conducta suicida. “Sólo” el 46% de comportamientos suicidas se producen en personas con una alteración psicológica” (Center disease control, 2016)

Sobre el suicidio en los menores existen también estos mitos al igual que en el caso de los adultos, pero algunos son específicos de esta franja etaria (Miller, 2021).

Cuando se trata de un menor que manifiesta su ideación suicida, se tiende a subestimar el nivel de riesgo, y a pensar que quizá no tiene el suficiente desarrollo madurativo para sufrir una verdadera depresión, y que son cognitiva y físicamente incapaces de llevar a cabo una planificación suicida letal, o incluso, que aquellos menores que hablan sobre el suicidio, o con intentos previos “lo hacen para llamar la atención”. La conducta suicida previa es la que tiene mayor evidencia científica (Pemau et al.).

Otro de los mitos más arraigados entre legos y profesionales consiste en sostener que: preguntarle abiertamente o hablar del suicidio con niños y adolescentes, aumentará la probabilidad de su ocurrencia. En relación a este último supuesto erróneo, cada vez existe más evidencia sobre lo contrario: preguntar a los jóvenes sobre el suicidio, no aumenta su riesgo de suicidio (Fox et al., 2020); La comunicación y el diálogo abierto sobre el tema no incrementa el riesgo de desencadenar el acto suicida, sino que representa una valiosa oportunidad para iniciar su prevención (Pedreira-Massa, Jose Luis, 2019)

Aunque se ha extendido el uso diferentes herramientas de cribado y evaluación (SENTIA…, etc.), la orientación más contemporánea apunta a que más allá de caer en la cultura del “check-list”, la tecnología más fiable sigue siendo la entrevista de evaluación individual, las herramientas que intentan predecir el riesgo de suicidio mediante escalas y categorías (bajo, medio, alto riesgo) no funcionan. Aunque se han descrito factores de riesgo, estos no son capaces de predecir cuándo un individuo puede estar en mayor peligro, lo cual es uno de los principales desafíos en la atención de estos pacientes (King CA et al (2024)10.

Comentaba Jose Antonio Luengo Latorre: “la prevención del suicidio se juega en las distancias cortas”, y no puedo estar más de acuerdo.

La prevención del suicidio no es sencilla, ni lamentablemente siempre es posible, tampoco cuando se trata de menores, en cuyo caso la impulsividad es un factor añadido por la falta de señales de alarma que nos ayuden a impedirlo. Algunas personas pueden actuar de manera impulsiva sin mostrar signos previos evidentes, señales de alarma, y sin ideación suicida previa al intento. “Hasta el 90% de intentos no son detectados. Las personas los ocultan por culpa, o vergüenza” (García Ormaza, J. 2025).

Aunque no represente la totalidad de los casos, Millner, Lee y Nock (2017) apuntan que el 66% de los pasos de planificación del intento de suicidio en adolescentes se llevan a cabo dentro de las 12 horas anteriores al intento.

A estas dificultades que suponen la impulsividad, ausencia de señales y falta de planificación, debemos añadirle otras muy significativas en esta compleja ecuación:

En torno al suicidio “los profesionales y la población general, con frecuencia no hemos sabido ver, lo que nadie nos ha enseñado a ver”. (Carlos Soto, superviviente).

En muchas ocasiones, cuando la determinación es firme, la persona en riesgo toma las precauciones oportunas para evitar ser encontrado o interrumpido en su propósito.Tras esta breve contextualización, parece incuestionable la necesidad de mejorar la comprensión del riesgo a corto plazo y las señales de advertencia o “conductas de cierre” que denotan cierta inminencia de un intento de suicidio, proporcionando herramientas para aumentar la seguridad del profesional al intervenir en estas circunstancias.

Nada más lejos de nuestra intención con estas recomendaciones, que depositar el peso de la responsabilidad de la prevención del suicidio de nuestros menores en los profesionales del ámbito educativo, y que asuman nuevos roles, o responsabilidades propias de un clínico, pero si aumentar el nivel de conocimiento, agudizar sus sentidos y su capacidad para la detección y correcta derivación de casos al profesional indicado. En el caso poco frecuente (pero no inexistente) de riesgo inminente: el objetivo debe centrarse -de manera muy esquemática- en ganar tiempo, aplazar la decisión, y facilitar el contacto con el siguiente eslabón de la cadena asistencial.

(Martín-Barrajón Morán, P., Alba Carmona, B., & Delgado Sánchez, R. 2024. Intervención en crisis suicidas en los servicios de emergencias médicas. Emergencias, 36, 470–473. https://doi.org/10.55633/s3me/054.2024)

Ahora sí, creo poder abordar una segunda parte en la respuesta a esta cuestión. Antes de facilitar pautas para abordar esa conversación con el menor, creo necesario compartir diferentes avances en la investigación que arrojan algo de luz sobre las señales de alarma que podemos detectar para prevenir el suicidio.

Para muchas personas en riesgo, y también en la adolescencia (por el estigma, el temor a sentirse juzgados, convertirse en objeto de burlas, proteger a los familiares y allegados del dolor, y en el peor de los casos: cuando la determinación al suicidio es firme), compartir los pensamientos y emociones puede ser difícil, muy difícil…

En muchas ocasiones el sujeto no «verbaliza» sus ideas suicidas de manera explícita, pero podemos llegar a intuir esa determinación a partir de ciertos comportamientos y comentarios implícitos como: “estarían mejor sin mi”, “no sirvo para nada…”, “¿Para qué planear las vacaciones del año que viene si a lo mejor ya no voy a estar”?, “no quiero ser una carga”…, etc. Además del comportamiento verbal, Pedreira-Massa, Jose Luis, 2019, señalaba la importancia de la conducta no verbal, y algunos comportamientos frecuentes en menores a tener en cuenta.

Al explorar y preguntarle sobre esas ideas suicidas, si el menor muestra ciertas conductas verbales y no verbales como las siguientes, éstas pueden ser indicadores de riesgo suicida.
· Llorar sin decir nada.
· Bajar la cabeza y mirar al suelo.
· Quedarse en silencio de forma repentina por la pregunta.
· Fruncir el ceño.
· Mostrarse inquieto, molesto o angustiado…, etc.

En la adolescencia, debemos prestar especial atención a los cambios bruscos de humor en un sentido “positivo”. Son numerosos los relatos de supervivientes a cerca de mejorías súbitas, y transiciones repentinas de un periodo de angustia, a un periodo de calma, tranquilidad y sensación de paz, acompañadas de muestras efusivas de cariño “eres el mejor profesor que he tenido nunca”, regalo de algún objeto de valor sentimental… Estos cambios pueden ser un indicador de grave riesgo suicida que allegados, familiares y profesionales, podemos interpretar erróneamente como mejorías genuinas y por tanto, una disminución del riesgo.En realidad, el adolescente puede haber resuelto ya la disyuntiva entre los deseos de vivir, y los deseos de “dejar de sufrir”, a favor del suicidio

Al ser preguntados pueden minimizar sus ideas suicidas, respondiendo con una sonrisa y expresiones como: «No te preocupes por mí», «No va a pasar nada».

En ocasiones, pueden identificarse de manera velada o explícita con un conocido/ amistad/ familiar que perdió la vida por suicidio, mediante expresiones como: «Yo no pienso hacer lo mismo que hizo mi primo/amigo que se suicidó», lo realmente relevante es que el adolescente lo diga de manera espontánea, sin que se le pregunte, o sin que se haya mencionado durante la conversación.

Pueden comparar su situación (cuando él/ ella mismo/a se está so-metiendo a pruebas diagnósticas sobre cualquier enfermedad grave), con la similar de una persona que se suicidó: «Fulano se mató cuando supo que tenía cáncer”.

Esconder el método (llevando consigo el tóxico o la herramienta concreta en la mochila escolar…) y “las aproximaciones sucesivas” como el hacer acopio de medicación, la escalada en la letalidad con autolesiones repetidas, o frecuentar hasta familiarizarse con el lugar escogido en la planificación.

El profesor Enrique Echeburúa, en Urra, J. 2024. pp. 168., señala algunos cambios repentinos de conducta más o menos difíciles de observar en el ámbito escolar:

Cierre de cuentas en RRSS, o bloqueo de personas significativas.

Aislamiento, o disminución de interacciones con familia/ amigos.

Cese de actividades lúdicas/deportivas habituales en los recreos.

Disminución rendimiento y empeoramiento notas.

Ausencias injustificadas por diferentes quejas somáticas difusas…

Comportamientos inadecuados en clase inhabituales, de riesgo o autodestructivos

Por su parte, Luis Fernando López Martínez y Eva María Carretero García, describen algunas señales de alerta online:

Cambio de hábitos y costumbres de uso en redes o internet. Aumento/disminución del tiempo dedicado a las redes o internet, y del número de publicaciones

Publicaciones por las noches o a horas inusuales, o que indican pérdida de interés hacia las actividades habituales.

Cambio <> de las publicaciones.El menor «simplemente» deprimido, presenta una abulia generalizada, y una falta de iniciativa e inactividad, rasgos que no están presentes en el sujeto movilizado activamente hacia una conducta suicida, que se afana buscando información, y que da respuestas enérgicas e incluso violentas cuando se le aconseja o reconviene por su conducta, cosas que no se dan en el individuo deprimido sin más. (Urra. J. 2024. «Intentando interpretar y prevenir el aumento de suicidio”).

Una vez descrito todo lo anterior, y antes de facilitar pautas con-cretas caben dos recomendaciones que faciliten la intervención en este tipo de situaciones.

En el mejor de los casos, y a pesar de la angustia que genera la responsabilidad sobrevenida en cualquier profesional cuando un menor revela su ideación suicida, la tendencia habitual es dejarse llevar por la prisa por resolver la situación o “el impulso de solucionar, salvar, o incluso rescatar” al menor, incurriendo en ocasiones en tópicos y comentarios educativos o moralizantes inoportunos, o en el mejor de los casos, lanzándose inmediatamente a la evaluación de riesgos en modo “check-list”, en lugar de indagar en los motivos que le causan semejante sufrimiento.

Antes de realizar la evaluación exhaustiva del nivel de riesgo, deberíamos intentar comprender por qué se siente así el menor. La siguiente pregunta que podría hacerse es: ¿Qué está pasando en tu vida que te está causando tanto dolor que quieres morir?”. (Joseph A. Obegi, Psy.D.).

El segundo aspecto previo que creo fundamental destacar se resume en la siguiente premisa: Entre su confianza, y su vida, nos quedamos con su vida”. Como profesionales debemos tener claro que no podemos (ni debemos) guardar secreto ni prometer confidencialidad, o ceder ante los intentos manipulativos de mantener la confidencialidad, bajo riesgo de perder o traicionar la confianza que el menor está depositando en nosotros.

Debemos apoyar y acompañarle para que entienda nuestra limitación de recursos y medios, así como el imperativo de contactar con personal especializado, familiares qué él/ ella decida para apoyarle en el proceso, y sobre todo: no dejarle solo/a. En caso de riesgo inminente se exime la confidencialidad y apremia solicitar la ayuda de profesionales, familia o tutores legales.

Ahora sí, y descrito todo lo anterior, considero oportuno facilitar a los profesionales un guión orientativo sobre cómo abordar esa entrevista con un menor que refiere ideación suicida.

Una de las pruebas de evaluación de la conducta suicida en adolescentes más extendidas en su versión breve: Escala Sentia (Díez et al., 2021) recoge 5 ítems.

1. ¿Has deseado estar muerto?

2. ¿Has tenido alguna vez la idea de quitarte la vida?

3. ¿Has planificado quitarte la vida?

4. ¿Has comentado a alguien que quieres quitarte la vida?

5. ¿Has intentado quitarte la vida?

El Gobierno de Aragón, en su “Guía para Centros Escolares. Protocolo de Actuación Inmediata”. Prevención, detección e intervención en casos de ideación suicida en el ámbito educativo, propone la siguiente evaluación gradual y progresiva:

Preguntas Iniciales Generales sobre el estado mental, la esperanza, el futuro, el significado de la vida. Algunos ejemplos:

¿Cómo te encuentras en este momento?

¿Cómo ves el futuro?

¿Qué planes tienes para el futuro?

¿Piensas que la vida es demasiado complicada para ti?

¿Piensas que la vida no merece la pena?

¿Esperas que esto vaya a mejor?En la entrevista con el menor sobre su ideación suicida, es necesario sondear cuatro aspectos fundamentales. A mayor número de respuestas afirmativas, cuanto más planificada esté la idea suicida, mayor es el riesgo de cometer suicidio. Uno de los mejores predictores de un intento de suicidio es tener un plan bien definido (89%).

La estructuración del plan comprende cuatro ítems, saber: “cómo va a intentar suicidarse, dónde, cuándo, y por qué/ para qué quiere suicidarse”. A menudo se pasa por alto el “cuándo”, que podría ser tan importante como el “cómo” o el “dónde”. (Before de Attempt: how people think and plan in suicide crises. Irene Xu, Ross, Jacobucci, Brooke A. Ammerman. Journal of Affective disorders. 06/2025).

¿Cómo has pensado suicidarte?

¿Cuándo has pensado suicidarte?

¿Dónde has pensado hacerlo?

¿Por qué lo has pensado?, ¿Para qué?

En relación al CÓMO ha pensado suicidarse

Intentaremos descubrir el método suicida, cualquiera puede ser mortal, pero se incrementa el peligro suicida si el método elegido se encuentra disponible, y/o existe experiencia familiar previa de suicidios con dicho método, así como si se trata de tentativas repetidas que van incrementando y escalando en la letalidad de los métodos utilizados. Resulta de vital importancia en la prevención del suicidio, restringir el acceso a los métodos mediante los cuales se pueda lesionar.

“CUÁNDO” tiene decidido suicidarse

No se trata de averiguar una fecha concreta (aunque podría coincidir con una efeméride como el aniversario de la muerte de un ser querido cuando la motivación es “reunirse” con el fallecido), sino más bien determinar si está poniendo en marcha “conductas de cierre”: notas de agradecimiento, regalando posesiones de valor sentimental, cerrando perfiles o despidiéndose a través de las redes sociales… Habitualmente el suicidio es un acto de soledad, que suele ejecutarse en la intimidad, e incluso se toman precauciones para evitar ser interrumpido o sorprendido, por lo que, el adolescente en riesgo debería permanecer siempre acompañado hasta que el riesgo desaparezca, independientemente de sus intentos por que confiemos en él/ ella y rebajemos el nivel de supervisión.

DÓNDE ha pensado suicidarse

En el caso de los adolescentes los suicidios ocurren en lugares familiares y frecuentados (el hogar y la escuela, o casa de familiares y amigos). Pero no debemos subestimar aquellos lugares apartados y de difícil acceso, o en los que el adolescente considera con pocas probabilidades de ser descubierto, los “puntos negros” que se hacen populares por ser elegidos por otros suicidas.

Esas ubicaciones específicas conllevan un riesgo aún más elevado por requerir de un tiempo de rescatabilidad mayor a 3 o 4 horas, para ser encontrado/ interrumpido.

POR QUÉ ha decidido suicidarse

Pretendemos en esa entrevista con el adolescente, conocer el motivo (el precipitante o “”la gota que ha colmado el vaso”, para ser más exactos, puesto que el suicidio, es un fenómeno multicausal y poliédrico y no puede atribuirse a una sola causa). Los más frecuentes: desencuentros amorosos y rupturas sentimentales, la pérdida de una relación afectiva o relacional consideradas valiosas, descubrimiento y no aceptación de la propia homosexualidad, el debut de una enfermedad mental, presión para cometer suicidio, embarazos no deseados, sufrir violencia de manera intencional y deliberada por parte de otros, problemas familia-res…,etc. Debemos reprimir el impulso desde nuestra visión adulta, de cuestionar la cantidad, calidad o legitimidad de su sufrimiento, y considerar sus motivos como significativos y suficientes para el adolescente.

Y PARA QUÉ ha pensado en el suicidio

Intentar descubrir el significado del acto. El deseo de morir es el más peligroso, pero no es el único y puede que tampoco el más frecuente. Frecuentemente se contempla el suicidio como “una salida o una so-lución al sufrimiento”. Otros podrían ser: reclamar atención, mostrar y expresar rabia ante alguna injusticia (p.ej. acusar públicamente a los acosadores en casos de bullying y ciberbullying para dar visibilidad a su sufrimiento), hacerle saber a otros la magnitud de los problemas que sufre y padece, como una petición de ayuda ante una situación ante la que no sabe qué hacer (ciberacoso), para expresar frustración, para agredir a otros (responsabilizándoles de su sufrimiento)…

PREGUNTAS ESPECÍFICAS sobre planes suicidas

Algunos ejemplos:

¿Alguna vez has pensado en la muerte?

¿Has pensado en hacerte daño, acabar con tu vida, o suicidarte?

¿Has pensado en acabar con tu vida ahora?

¿Has considerado el suicidio?

¿Qué pensamientos has tenido?

¿Desde cuándo tienes esos pensamientos?

¿Has pensado mucho en ello las últimas semanas?

¿Con qué frecuencia tienes estos pensamientos a diario?

¿Qué te hace pensar en el suicidio?

¿Tienes un plan específico en mente?

¿Cuál es tu plan?

¿Qué método habías pensado utilizar?

¿Has hecho preparativos?

¿Habías tenido antes estos pensamientos o sentimientos?

¿Qué los había provocado?

¿Has intentado alguna vez acabar con tu vida?A modo de síntesis quiero compartir un decálogo práctico de intervención en crisis que viene compartiéndose e instaurándose en diferentes servicios de emergencias nacionales e internacionales, para la intervención en el peor contexto posible: la crisis suicidas en curso.

No hace falta ser un profesional sanitario, ni de la salud mental para impedir un suicidio en curso, pero hasta la llegada de estos servicios, todos podemos hacer algo. “El suicidio, no es culpa de nadie, pero es responsabilidad de todos”

Un estudio reciente con personas legas que “pasaban por allí” e intervinieron para impedir un suicidio en curso reveló: << Lo más importante no parece ser tanto qué decir sino: “Lo que decían los que intervinieron era mucho menos importante que cómo hacían sentir al suicida, es decir, seguro, conectado y validado («yo importo»). Los que intervinieron lo hicieron simplemente siendo ellos mismos, respondiendo con autenticidad, calma y compasión. Hay que animar a los ciudadanos a que reconozcan y se acerquen a quienes puedan estar en riesgo de suicidio en lugares públicos, pero deben estar preparados para un encuentro prolongado e intenso que puede dejarles emociones perturbadoras>>. (Owens, C., Derges, J. Abraham C. “Interventing to prevent a suicide in a public place: a qualitative study of effective interventions by lay people. BMJ Open).

Decálogo de intervención en crisis suicidas

Primero. No negarlo, o responder con tópicos, o frases huecas tipo: “el tiempo lo cura todo”, “de todo se sale”, “si tienes toda la vida por delante”, y no minimizar el riesgo bajo el supuesto erróneo de “llamada de atención”, se trata de una petición de ayuda, no de una llamada de atención.

Segundo. Para una correcta evaluación del nivel de riesgo debemos conocer:

“cuándo” y “dónde” ha decidido hacerlo, para tener información de la rescatabilidad y si ha tomado alguna precaución para evitar ser encontrado o interrumpido,

el “cómo”, para conocer la letalidad y accesibilidad del método,

y el “por qué” ha decidido hacerlo.A mayor número de respuestas afirmativas, mayor es el riesgo (algunos factores fundamentales que aumentan exponencialmente el nivel de riesgo son: ser varón menor de 19 años o mayor de 45, con intentos previos y disponibilidad del método (medicación, cuerdas, armas, tóxicos), con enfermedad mental -o física que curse con dolor-, con consumo de sustancias, aislamiento social, desesperanza hacia el futuro, y habiendo desarrollado “conductas de cierre”).

Tercero. No tener prisa por “solucionar la situación”, (siempre será la persona en riesgo quien marque el ritmo, y el tiempo juega a nuestro favor). Debemos ser cautos con la solicitud de atención de emergencias al 112 para trasladar al hospital, a pesar de tener muchos factores de riesgo, y motivos aparentemente legítimos, puede que el riesgo no sea inminente, y “quemaríamos ese cartucho” de manera prematura.

En la atención presencial con alguien en riesgo, por ejemplo, a punto de precipitarse desde gran altura, también es fundamental no tener prisa. La mejor, y la estrategia de primera elección es que la persona abandone ese lugar de riesgo por su propio pie, y no la contención física. Es importante quitar a los curiosos de su campo visual, y hacer colaboradores a los testigos. Empezar interesándonos y ofrecerle maneras de satisfacer necesidades básicas: cansancio, sed, frío…, antes de indagar en “cuál ha sido la gota que ha colmado el vaso” y le ha llevado a esa situación. La aproximación ha de ser cautelosa, gradual, y con permiso de la persona en riesgo, sin apresurarse, y evitando generar suspicacias sobre la posibilidad de ser contenido físicamente. Muy importante, para evitar el “rapto suicida”: la intervención sólo finaliza con la persona custodiada por profesionales, y a salvo en el interior de la ambulancia.

Cuarto: Evitar el rol de experto. Resistiendo el impulso de comparar el sufrimiento de la persona en riesgo con el de otra persona, o poniendo como ejemplo a otros que “lo han pasado peor”, o incluso con periodos difíciles de nuestra propia vida que hemos superado. Este tipo de respuestas son “desautorizaciones” de su sufrimiento. Es mucho más adecuado admitir incluso nuestra propia ignorancia y vulnerabilidad: “Nunca he pasado por una situación tan difícil, así que no puedo ni imaginarme lo difícil que debe ser… Lo siento, no se muy bien cómo ayudarte, pero voy a estar contigo el tiempo que haga falta, ya no estás solo/a”.

Este tipo de desautorizaciones frecuentes en el ámbito cotidiano, y mucho más al dirigirnos a un menor de edad, pueden haber cercenado su confianza en los demás, y también en la utilidad de compartir su sufrimiento con otros, incluso con los profesionales, y con razón. Puede llegar a expresar: «Nadie me entiende, no sé qué hago aqui,’ hablar no sirve de nada».

«No le importo a nadie», «Pronto se olvidarán de mí», «Nadie me quiere».

Ante este tipo de expresiones, no serviría de nada responder con frases del estilo: «¿Cómo puedes decir eso?, a mí sí me importas». «No, hombre, yo sí que te entiendo»…

Mucho más eficaces pueden ser preguntas como: «¿Qué es eso tan importante que te gustaría que los demás entendieran?», «¿Quiénes son esas personas que te gustaría que te entendieran?», «¿Quién más te gustaría que no te olvidara?».

Quinto. Introducir algún tipo de refuerzo positivo sobre su gestión de la situación. “El hecho de que hayas decidido hablar de ello, a pesar de lo difícil que debe ser, es muy inteligente por tu parte, muchas personas tienen estas ideas a diario”. “El suicidio es una solución eterna, para lo que a menudo es solo un problema temporal”.

Sexto. Facilitar el desahogo, o drenaje emocional, es mucho más útil que empezar cuestionándole su propósito. “No sé cómo es sentirse como ahora mismo te sientes tú, pero si me ayudas, quizá pueda entenderte mejor”.

¿Qué te ha puesto en una situación tan difícil?”, “¿Cuál ha sido la gota que ha colmado el vaso?”

No dejar nunca sola a la persona en riesgo hasta que esté en una situación segura en el interior de un vehículo sanitario, custodiado por profesionales, reciba atención sanitaria, o la presencia de terceros que impidan el paso al acto.

Séptimo. No hacer promesas que no podamos cumplir. “Seguro que se te pasa rápido y pronto ni te acordarás de esto…”, “Seguro que no te dejan ingresado en el hospital…”.

Octavo. Buscar <<los puntos de anclaje>>, los motivos, razones, personas (con sorprendente frecuencia también mascotas), que son importantes para la persona, y supongan un enganche a la vida, o un impedimento para continuar con sus planes. En el intento de rescatar con celeridad a la persona, sin haber escuchado activamente antes sus motivos y sentimientos, y bajo la justificación de encontrar sus puntos de anclaje, puede caerse en el error de hacer una búsqueda de información indiscriminada y azarosa, a la par que peligrosa. Quizá en ese sondeo a ciegas (“¿Qué van a hacer tus hermanos sin ti?”. “¿Qué será‘ de tu padre/madre?”, “Pero si tienes toda la vida por delante…”), sin pretenderlo se esté tocando el desencadenante del gesto suicida, y precipitar el paso al acto, como pudiera ser un tema de violencia doméstica, abuso, duelo reciente, el maltrato a menores, o el reciente diagnóstico de una enfermedad crónica…,etc. Con lo que la intervención sería asintótica y puede que hasta perjudicial.

Es mucho más adecuado reprimir intentos de búsqueda de información azarosos, y centrarse en identificar sus propios puntos de anclaje, y escuchar y preguntar llevando a cabo una indagación emocional con preguntas del tipo: «¿A quién sientes ahora mismo más cerca de ti?».

«Cuando dices que nadie te entiende, ¿quiénes son esas personas con las que intentas conectar y no te entienden?».

Noveno: “sembrar la ambivalencia” respecto a su decisión de suicidarse, en lugar de confrontarle directamente: «¿Qué te ha impedido hacerlo hasta ahora?, «¿No crees que quizá haya otra forma de terminar con las burlas/ acoso en el colegio?», «¿Crees que ese/a (novio/a, compañero, profesor) se merece que te quites la vida por él?», ¿Sabes que solo lo consigue una persona de cada 20 que lo intentan, cómo sabes que lo vas a conseguir asi‘?». «¿Sabes que puede ser lento y muy doloroso?». «¿Quién te encontrará?». «¿Hay alguien o algo, en quien al pensar, te cueste seguir adelante, o te impida continuar con el intento?». «¿Has pensado en las consecuencias de tu suicidio para esa persona en quien al pensar te cuesta seguir adelante?

En ocasiones, la persona en riesgo puede tratar de “desembarazarse” del personal sanitario o educativo, adoptando un discurso de arrepentimiento, y aseverando haber superado la situación de riesgo, y estar fuera de peligro (“Me has convencido, no te preocupes que no lo voy a hacer”).

Para conocer si persiste o no la intencionalidad suicida, retomando las enseñanzas del Dr. Rocamora Bonilla, quizá la pregunta no sea “¿Por qué quieres suicidarte?”, los motivos pueden ser muy legítimos, o absolutamente baladí a los ojos de un adulto. Esta pregunta es predecible, y proporciona tiempo de preparación de la respuesta para la persona en riesgo. Quizá la pregunta 

Para conocer si persiste o no la intencionalidad suicida, retomando las enseñanzas del Dr. Rocamora Bonilla, quizá la pregunta no sea “¿Por qué quieres suicidarte?”, los motivos pueden ser muy legítimos, o absolutamente baladí a los ojos de un adulto. Esta pregunta es predecible, y proporciona tiempo de preparación de la respuesta para la persona en riesgo. Quizá la pregunta apropiada e inesperada sea: ¿Qué ha cambiado?, ¿Qué ha hecho que abandones la idea?, ¿Qué te une ahora a la vida?, ¿Por qué ya no quieres suicidarte? Si persiste el riesgo suicida: probablemente titubeará, dará razones para vivir débiles, o le costará encontrarlas. Invito al lector, si en la actualidad no está en situación de riesgo suicida a descubrir cuantas cosas le impiden suicidarse, y cómo de rápido se le ocurren, precisamente por eso: porque no está en riesgo. <<Quien tiene un por qué para vivir, es capaz de soportar cualquier cómo>>, Nietzsche.

Décimo: una de las experiencias que provocan más impotencia y más difíciles como profesionales, son aquellas situaciones donde fallece un menor, y ya no podemos prestar atención sanitaria o de rescate, y la intervención se reduce a certificar el fallecimiento, la recogida de cadáveres, o la custodia del mismo hasta la llegada del juez. Por la propia salud mental de cualquier profesional afectado, quiero trasladar este mantra: “Ni héroes, ni villanos, nosotros sólo aplazamos”.

No, no somos héroes si la intervención evoluciona favorablemente, somos profesionales que ponemos lo mejor de nosotros mismos en este tipo de intervenciones para anular el intento, pero es la persona quien decide darse segunda oportunidad, o no dársela.

Pero tampoco somos villanos si no lo conseguimos. Si finalmente la persona decide poner fin a su vida a pesar de nuestro esfuerzo: no es nuestra responsabilidad, siempre podría haber encontrado otro momento para hacerlo, no podemos obligar a nadie a vivir en contra de su voluntad, y en definitiva NO es culpa nuestra. Pero tenemos el deber de aprender todo lo posible para futuras intervenciones.

Con un solo caso al que lleguemos a tiempo, cualquier esfuerzo

(incluso leer esta respuesta a una pregunta), habrá valido la pena…

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