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Cuando la ansiedad agarrota al alumno

Desde la perspectiva dimensional que caracteriza la psicología, sostenemos que la ansiedad, al igual que otras realidades análogas, constituye un elemento que acompaña a toda persona. De este modo, no solo todos presentamos unos determinados niveles de ansiedad, sino que, por lo que ella aporta como estímulo, supone una fuerza interna necesaria para el desempeño de muchas actividades.

La ansiedad comienza a ser patología cuando se convierte en un problema desadaptativo, a través de niveles demasiado elevados, que se mantienen en el tiempo, con un costoso retorno al estado basal, y que empiezan a interferir en el adecuado funcionamiento de la vida cotidiana.

Por su carácter poliédrico, un estudiante se puede ver afectado por ansiedad a través de distintas manifestaciones:

1. Cognitiva: preocupación excesiva, sensación de amenaza y riesgo de un modo exacerbado (desciende el umbral de detección del peligro), problemas para concentrase y rumiación excesiva.

2. Emocional: nerviosismo, agitación, tensión, sentimientos de soledad, irritabilidad, miedo a perder el control, tristeza, sentimientos de inseguridad.

3. Fisiológica: palpitaciones, opresión en el pecho, dolores corporales diversos por somatización, respiración acelerada (hiperventilación), temblores, problemas gastrointestinales, e incluso, a través de la incidencia del bruxismo y las contracturas.

4. Conductual: aislamiento, conducta evitativa, necesidad de control, dificultad para tomar decisiones, hipervigilancia.

5. Académica: a través de una clara afectación tanto en la motivación al estudio como directamente en sus resultados académicos. Además, no debemos soslayar que los niveles patológicos de ansiedad, sostenidos en el tiempo sin acometerse su gestión, en muchas ocasiones pueden desembocar en un trastorno depresivo.

Una iniciativa de

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Siena
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