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¿Los docentes deben conocer los tratamientos psicofarmacológico de su alumnado?
Es fundamental que el personal docente esté informado sobre si un alumno se encuentra bajo tratamiento psicofarmacológico. Aunque este es un tema sensible —y a menudo la preocupación por el estigma dificulta su abordaje-, no debería haber dudas respecto a un principio esencial: para que la escuela pueda velar adecuadamente por la salud y la seguridad de sus estudiantes, el cuerpo docente y administrativo necesita disponer de la mayor información posible sobre el estado de salud de cada alumno. Esta cuestión debería ser tratada con seriedad en cada institución educativa.
Tal como se explica en este vademécum, la mayoría de los trastornos psiquiátricos comienzan antes de los 18 años, aunque muchas veces no se manifiesten plenamente en esa etapa. Sin embargo, recibir un diagnóstico psiquiátrico no implica necesariamente un tratamiento con medicación. La intervención farmacológica suele recomendarse únicamente cuando las estrategias no farmacológicas han fracasado o, en un menor número de casos, cuando los síntomas iniciales son de tal intensidad que requieren un alivio farmacológico inmediato. Por tanto, la gran mayoría de los alumnos diagnosticados no estarán bajo tratamiento medicamentoso.
Una excepción relevante es el TDAH. Este trastorno no solo es uno de los más frecuentes en la población infantojuvenil, sino también uno de los casos en los que el abordaje psicosocial aislado suele no ser suficiente. De hecho, el metilfenidato —fármaco de elección en el tratamiento del TDAH— es también el psicofármaco más comúnmente prescrito entre estudiantes. Por tanto, nos centraremos en esta condición ya que es menos probable que el docente tenga contacto con alumnos que estén recibiendo otros tratamientos psicofarmacológicos.
El rol del docente en la detección y el manejo del TDAH es especialmente importante. A diferencia de otros cuadros clínicos, los síntomas cardinales -hiperactividad, impulsividad y déficit de atención- suelen hacerse evidentes primero en el contexto escolar. El docente, si ha recibido formación específica, puede combinar su experiencia pedagógica con herramientas de observación que le permitan identificar tempranamente comportamientos que se desvían de los parámetros esperables para la edad. Este reconocimiento precoz puede resultar clave para prevenir complicaciones académicas, sociales y emocionales de gravedad.
Una vez iniciado el tratamiento, el docente también desempeña un papel esencial en su seguimiento. Una comunicación fluida con la familia —e incluso con el profesional tratante— puede facilitar la optimización del abordaje terapéutico, ayudando a establecer la dosis más baja posible que resulte eficaz. Es decir, el docente reporta si el alum-no ha mejorado o no en los síntomas cardinales. De no haber mejoría, el medico seguramente incrementara la dosis. Asimismo, el docente puede contribuir a identificar efectos adversos del fármaco, colaborando activamente en la evaluación de la respuesta al tratamiento y en la determinación de la dosis más segura y efectiva para el alumno.
En términos generales, los estimulantes son la clase de medicación más utilizada en el tratamiento del TDAH. Dentro de ellos, el fármaco más común es el metilfenidato, disponible en varias marcas comerciales que, aunque difieren en nombre, contienen el mismo principio activo. También existe una alternativa similar: la lisdexanfetamina. El profesional de salud mental elige el preparado más adecuado en función de diversos factores, siendo uno de los principales la duración del efecto. Algunas formulaciones requieren una administración cada 4 horas, mientras que otras tienen efecto prolongado durante todo el día. Para seleccionar el tratamiento inicial, el médico se basa tanto en su experiencia clínica como en las características específicas del paciente. En muchos casos, el tratamiento resulta exitoso desde el inicio,
pero en otros puede requerirse ajustar la dosis o cambiar el preparado si no se logra el efecto terapéutico deseado o si surgen efectos adversos. De forma general, el uso de estimulantes tiene una tasa de éxito cercana al 80 %, con un perfil de seguridad favorable.
Entre los efectos adversos más frecuentes se encuentran (no es una lista completa de posibles efectos adversos): pérdida de apetito, insomnio, ansiedad, irritabilidad, tics y molestias gástricas. El rol del docente en la detección de estos efectos es clave. Algunos, como la ansiedad, los tics o la irritabilidad, son fácilmente observables. Otros requieren mayor atención: si el niño necesita ir al baño con mayor frecuencia o se queda dormido en clase, podría deberse a problemas de sueño o efectos gastrointestinales asociados al tratamiento. Cualquier cambio de comportamiento debe considerarse potencialmente relacionado con la medicación y debe ser comunicado de inmediato. En resumen, el TDAH representa el trastorno psiquiátrico con tratamiento psicofarmacológico con el que los docentes estarán con mayor frecuencia en contacto. Su conocimiento sobre la condición, los medicamentos utilizados y la capacidad de establecer canales de comunicación con la familia y, cuando sea posible, con el profesional de salud mental, puede marcar una diferencia decisiva en el pronóstico académico y emocional del alumno.
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