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¿Cómo podemos trabajar la integración de aquellos alumnos que son excluidos por los demás?

El docente tiene un papel fundamental en la construcción de un clima de aula donde prime la aceptación, el respeto y la cohesión entre el alumnado. La actitud que exhibe, las palabras con las que se comunica y la manera en que organiza la convivencia escolar influyen directamente en cómo los alumnos se relacionan entre sí.

Que pueda generarse exclusión en el contexto educativo es un he-cho derivado de múltiples causas: diferencias en la apariencia física, el origen cultural, el nivel académico, las habilidades sociales, intereses distintos, o incluso por prejuicios y estereotipos que se generan en el propio grupo. Frente a estas realidades, la figura del docente es clave para prevenir, detectar y actuar para minimizar o neutralizar estas situaciones.

En el día a día del aula, es posible favorecer la integración mediante estrategias sencillas, pero que deben manifestarse de manera constante. Algunas de estas estrategias podrían ser organizar trabajos cooperativos en grupos heterogéneos, promover dinámicas de empatía y conocimiento mutuo, distribuir roles de forma que todos los y las estudiantes tengan responsabilidades y reconocer públicamente las fortalezas de quienes tienden a ser excluidos. Además, fomentar el diálogo abierto sobre la importancia de la diversidad y generar espacios distendidos o lúdicos donde se fusionen los grupos naturales de amistad ayuda a evitar la rigidez o impermeabilidad de determinados grupos que se pueden generar en el contexto escolar.

Para lograr este fin, el docente debe desarrollar habilidades específicas, como la capacidad de observación, que resulta fundamental para detectar situaciones de exclusión; la empatía para comprender a cada alumno en su singularidad y virtudes propias; la firmeza para intervenir y poner límites a conductas discriminatorias que pudieran derivarse; y la creatividad para diseñar actividades inclusivas que motiven a todo el alumnado a mantenerse cohesionado. También resulta esencial su habilidad para mediar en conflictos, comunicarse con las familias y acompañar a los estudiantes en la construcción de vínculos positivos, tanto entre sí como con toda la comunidad educativa y las familias.

En definitiva, integrar a quienes son excluidos no es solo un acto de justicia social, sino un proceso educativo que enriquece a toda la comunidad escolar. Cuando un alumno se siente aceptado y valorado, aumenta su autoestima, mejora su rendimiento académico y participa activamente en la vida del aula. Pero, además, el grupo en su conjunto aprende a convivir en la diversidad, desarrollando competencias sociales y emocionales indispensables para la vida. Integrar, por tanto, no es un añadido, sino una condición esencial para que la educación cumpla su verdadero propósito, que es formar a adultos del futuro capaces de vivir y crecer en comunidad.

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