El sueño del rostro como paisaje interior

Antón Patiño

Abstract head: Karma, 1933.

Alexéi von Jawlensky
Abstract head: Karma, 1933
Private collection. Photo: Alexej von Jawlensky-Archiv S.A., Muralto

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Contemplamos pinturas de composiciones abiertas en paisajes que registran flujos de energía, una cartografía sensorial que traslada al cuadro un sentimiento de empatía con los procesos de la naturaleza. La dialéctica interior/exterior parece estar presente en la obra de Alexéi von Jawlensky (propiciando una virtual síntesis). Un cúmulo de fuerzas expansivas establece en la superficie del cuadro la resonancia de los estímulos de la naturaleza. Un vibrante inventario de gestos y colores, pinceladas fragmentarias que agitan los campos de color. Hay fascinación por el contraste de una gama intensa en un estallido fulgurante de rojos, verdes, amarillos, azules (que irradian en todo su esplendor).

Naturaleza exterior e indagación mental se fusionan. El paisaje estilizado de la mente activa una construcción simbólica en fértil reciprocidad. El poso de una intensa vitalidad cromática genera un diálogo: delimitaciones de color, registro de trazos y gestos. Todo a la búsqueda de un equilibrio entre ímpetu orgánico y sosiego mental. Se alcanza un punto de encuentro en composiciones estructuradas en la tensión de líneas verticales y horizontales, tan próxima a la depuración ascética del Mondrian de transición (con los ciclos dedicados a los árboles y el océano).

El paisaje se convierte en rostro (en un expresivo proceso de ósmosis). El propio cuadro deviene semblante, máscara frontal como figura de ensoñación. En una suerte de talismán introspectivo. Los ojos cerrados como emblema de la meditación, la reflexión metafísica, la contemplación interior. Todo el ciclo último de su trabajo expresa esta voluntad explícita de condensación simbólica y viaje interior. Una fisonomía humana esbozada en un proceso de ascesis. «A mi manera de ver la cara no es solo la cara, sino el cosmos. En la cara se manifiesta todo el universo» (ha señalado el pintor).

El cuadro titulado «Cabeza abstracta: Karma», del año 1933, refleja la síntesis estética que se despliega en su pintura entre corrientes estéticas centrales a la modernidad. Expresionismo anímico y voluntad racional como dos polos complementarios que alcanzan una fusión. El impulso fauve, que radicaliza propuestas de ismos anteriores y las indagaciones analíticas de raigambre geométrica se amalgaman en una personal alquimia pictórica. En cierto modo la conclusión de sus búsquedas artísticas se materializa en estos rostros femeninos imperturbables. La configuración del rostro como paisaje psíquico. El cuadro como ensimismado icono autorreferencial.

Antón Patiño es artista visual y escritor.