Ver lo que no está a través de lo que está

Javier Ors

Lorca’s ‘La Barraca’ overalls (El mono de Lorca en La Barraca). 2020

Tomoko Yoneda
De la serie El sueño de las manzanas
Lorca’s ‘La Barraca’ overalls (El mono de Lorca en La Barraca), 2020
© Tomoko Yoneda

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García Lorca, Federico. Porque así lo conocía el pueblo. Por la intimidad del nombre. El cantor que revierte la tradición en vanguardia y llama arte a lo que otros denominan duende. El intelectual que canta al jinete, la navaja y la rosa. Aspiraba a devolver el teatro a las plazas públicas y convertir las calles en un nuevo proscenio, como antes hicieron Lope de Rueda, Cervantes y Lope de Vega. Su sueño, rescatar la dramaturgia de los trajes de levita, los patios de butaca y los aplausos de la Corte para representarlo de nuevo en viejas quintanas de Castilla y Andalucía. Aspiró a un teatro ambulante, trashumante, para, al igual que Shakespeare, hacer de los actores grandes príncipes, meter un reino en el escenario y que, por una hora, el público fuera el único monarca. Encontró su utopía en La Barraca, toda una misión pedagógica, que contó con el apoyo de Fernando de los Ríos y la Segunda República, para que la cultura dejara de estar solo en las universidades y las aulas, y alcanzara a la gente. Para eso se vistió como los jornaleros o el proletariado, como describió una vez el periodista José María de Salaverría:

¿Un poeta andaluz vestido con el mono de los proletarios? Por algo dice la Constitución que somos una República de trabajadores. […] Parece un mecánico, un chófer, un obrero de taller, con su traje azul oscuro de tela ordinaria. El cantor de los gitanos patéticos se ha transformado en un maquinista.

José María de Salaverría

Y es este atuendo, de mahón y color azul, con la escarapela de la compañía, el carro de Tepsis y el rostro de la diosa Talía, lo que retrata Tomoko Yoneda, japonesa de Akashi nacida en 1965, fotógrafa preocupada por la memoria y las huellas que la historia ha dejado en el presente. En esta instantánea, sin campo de profundidad, pero con horizonte, la mirada alcanza lo que no percibe el ojo. Ahí está lo que no se ve, lo que hay detrás. La imagen muestra lo que no existe en el plano: una ilusión de enseñanza y de ilustración, y la tragedia de un fusilamiento que nunca debió suceder. Más que una prenda, lo que existe es una vocación, la de García Lorca, mejor dicho, Federico, que tenía una idea cumplida del impacto de sus actores y textos en la platea que reunió en las aldeas de Asturias, Galicia o Cataluña que visitó. Él mismo reconoció -en una entrevista con Juan Chabás que recoge Francisco Umbral en su libro Lorca, poeta maldito– quiénes son esas personas que disfrutan con los dramas que subían a escena:

Al público que también me gusta a mí: obreros, gente sencilla de los pueblos, hasta los más chicos, y estudiantes y gentes que trabajan y estudian. A los señoritos y a los elegantes, sin nada dentro, a ésos no les gusta mucho ni nos importa a nosotros. Van a vernos y salen luego comentando: Pues no trabajan mal; o ni se enteran. Ni saben lo que es el gran teatro español. Y luego se dicen católicos y monárquicos y se quedan tan tranquilos. Donde más me gusta trabajar es en los pueblos.

Federico García Lorca

Tomoko Yoneda retrata al poeta, al genio, sin necesidad de su presencia. Una fotografía que hace ver lo que no está a través de lo que está: Lorca, el poeta que desafió a la muerte con su muerte y redobló su eternidad con el legado de su obra y el eco de su mito.

Javier Ors es escritor, historiador y periodista.