Siempre Edith

Emmet Gowin, un mundo de íntimas percepciones

Emmet Gowin, un mundo de íntimas percepciones Emmet Gowin, un mundo de íntimas percepciones

Emmet Gowin
Edith. Chincoteague, Virginia, 1967
© Emmet Gowin, cortesía Pace/MacGill Gallery, Nueva York 
© Colecciones Fundación MAPFRE 

Los conservadores, o comisarios, somos personas muy afortunadas. Claro que hay buenos y malos momentos, como en cualquier trabajo, pero tenemos la suerte de trabajar mano a mano, a veces durante años para preparar un nuevo proyecto, con los artistas que más admiramos, aquellos que nos parecían inalcanzables y que de pronto, o al cabo de un tiempo, ya son amigos para toda la vida. Profundizar en el conocimiento de la obra de cada artista tiene eso, que acabas teniendo una relación personal con ellos muy enriquecedora en todos los aspectos. Así me ocurrió con Emmet Gowin (Danville, Virginia, 1941) cuando organizamos su exposición en Fundación MAPFRE en 2013.

Gowin es un artista cercano y buen conversador que se ha ganado el respeto de cuantos le conocen como creador y como profesor. Una palabra resume perfectamente su condición: bonhomía, es decir: afabilidad, sencillez, bondad y honradez en el carácter y en el comportamiento. A través de sus declaraciones y entrevistas explica con facilidad y claridad de filósofo las cosas más sutiles y complejas del arte y de la vida. Y también por ellas conocemos sus gustos artísticos y literarios, por qué y cómo ha construido, con ayuda de la fotografía, su mundo. En todos estos años ha desarrollado una voz poética que no se parece a la de ningún otro, sin pretender llamar la atención, con un entusiasmo más bien solitario, sin atender a la presión de los movimientos artísticos del momento y ligado a la realidad, a la vida. Por eso, cuando la obra de Gowin nos atrapa es como la buena poesía: no cansa, siempre nos gusta volver a visitarla por su capacidad de explicar y transmitir las sensaciones, la experiencia física de las emociones. Podría decirse que las fotografías de Gowin son como poemas que contienen trazos de sus pensamientos íntimos. “No se trata de un objeto que busque volver “visible” el pensamiento, de traducirlo visiblemente, sino, por el contrario, se trata de “eso que no se deja pensar con el pensamiento, y que no se deja ver con la visión”, explicaba Régis Durand.

Una de mis fotografías preferidas de Gowin es este retrato de Edith, su mujer: de espaldas, con el pelo recogido y la cabeza levemente ladeada, muestra su cuello desnudo. Edith, objeto de infinidad de retratos y Leitmotiv no solo de su obra sino también de su vida. Detengámonos por un momento en esta transparente fotografía, que tiene algo de profético, y que nos revela tanto sobre el mundo de Gowin, un mundo construido a base de íntimas percepciones que afloran en cada imagen. Este momento fotográfico es un momento biográfico, como toda su obra, relacionada con toda su vida, y como ella, brota de la profundidad de su alma y traspasa la de Edith para ver por sus ojos, fundirse con ella en una sola alma. Es sorprendente cómo logra que nos pongamos en su lugar, en el lugar de Edith, cuya mirada se pierde en ese paisaje borroso, y se vuelve hacia adentro, hacia ese instante de comunión único y fugaz, que pasa breve como una brisa y hace que el tema de esta fotografía se vuelva invisible, se desvanezca. “Para mí, las fotos son una forma de retener, intensamente, un instante de comunicación entre un ser humano y otro”, escribió Gowin en 1967.

Carlos Gollonet, Conservador jefe de fotografía Fundación MAPFRE.