La banda de los desjubilados

La revolución silenciosa de los séniores

La revolución silenciosa de los séniores

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El carácter performativo de las palabras, su capacidad para crear realidad, a medida que la sociedad de la información avanza, resulta cada vez más apabullante. Cuando podemos construir un relato sobre algo, tenemos conciencia de que ese algo existe, y muchas veces ese relato es más tozudo que la realidad misma. Siempre fue así y el refranero da cuenta de ello: el hábito no hace al monje, aunque la mona se vista de seda… siempre se ha tenido muy presente que lo aparente ocultaba la verdad, y en tiempos de posverdad, en tiempos de verdades no absolutas, sino acomodaticias, esto deviene, y no sé cuál es el adjetivo que más le cabe, si grave, cómico o ambos.

Hay un relato muy elaborado, tan real como falso, de lo que puede hacer una persona a partir de una cierta edad. Para rellenar ese espacio entre lo que creíamos saber y lo que realmente sucede necesitamos nuevas palabras para construir un nuevo relato, que no sea una ficción, sino un relato real, que es, sin duda, la mejor de las ficciones.

Hay ciertos guarismos relacionado con la edad que conforman una especie de trinidad que los hace mágicos: 6 – 18 – 65. A los 6 años es cuando, sí o sí, tenemos que ir al colegio; a los 18, cuando podemos votar, conducir, solemos acudir a la universidad o tener presencia en el mundo laboral, es cuando nos presentamos en sociedad como adultos y a los 65… cuando empezamos a despedirnos. Estos guarismos son tan mágicos, tan performativos, que tienen prevalencia legal: educarnos, ser ciudadanos de pleno derecho y jubilarnos. En algún momento esos hitos quizás tuvieron sentido, pero con el tiempo son verdades gastadas, estereotipos, que lo único que tienen de real es el fundamento matemático, la cronología, que no responde ya ni a la biología (la salud, las facultades físicas) ni a la experiencia emocional de las personas, la edad sentida que es la que de verdad da sentido y que es difícil de establecer con ella una categoría legal.

Sin darnos cuenta estamos asistiendo de un tiempo a esta parte a una revolución silenciosa. Las cohortes de edad se han quedado anquilosadas y nuevas bandas pululan por la sociedad. La estadística ha sido sustituida por los sentimientos. ¿Realmente son los 65 años de ahora idénticos a los de 1919 cuando se estableció ese guarismo mágico? Evidentemente no, nadie se lo cree. El esfuerzo físico realizado, la falta de higiene y salud de 1919 nada tienen que ver con la realidad de 2021. Hace 100 años, con 65 años eras un anciano, resignado a sentarte a la puerta del hogar, abrazado a un bastón, con la boina bien calada y a esperar. Ahora, con esa misma edad, faltan horas en el día para realizar todas aquellas actividades que apetece hacer, pues se tiene salud, dinero… y sí, amor, como para andar desperdiciando la vida sentado a la puerta de tu casa esperando ¿a qué, a la parca? Pues habrá que armarse de paciencia, porque la media de edad en España está en los 85 años, por los que serán muchos los que pasen de 100 (según la pirámide de población de 2021 son casi 130.000 las personas mayores de 95 años y la tendencia va al alza).

Todos sabemos que la ley es lenta y siempre va por detrás de las demandas de la sociedad, pero las mentalidades lo son aún mucho más. Costó dar el lugar que se merecían a los jóvenes, pero ahora estamos asistiendo al fenómeno contrario. Ahora, una institución se preocupa muy mucho de pulsar la opinión de los más jóvenes que trabajan en ella, por el hecho de serlo, y desprecia, en la misma medida, la de personas que se sienten jóvenes, que pueden tener las mismas ganas, idénticos conocimientos y, además, más experiencia. Pero ¿para qué contar con ellos si ya tienen que estar pensando en la jubilación? Esta discriminación tiene un nombre, edadismo, tan mala, o incluso peor, que la segregación que supone establecer hoy en día una edad de jubilación obligatoria. A partir de cierta edad, no se pide opinión, se van restando responsabilidades y así, de manera ineluctable, el hecho cronológico, no biológico o emocional, triunfa.

Sin embargo, cuando viajamos, asistimos al cine, al teatro o a una exposición, cuando corremos por un parque o hacemos ejercicio en un gimnasio, si dejamos caer la vista a nuestro alrededor nos damos cuenta de que son muchas las personas de esa edad que están compartiendo con nosotros la actividad, que tienen una conversación interesante y un juicio bien formado sobre temas de actualidad. ¿Dónde queda en ese momento la edad? En ningún lugar, no entra en la ecuación, porque estamos valorando a las personas por lo que son y no por lo que su partida de nacimiento presupone que son.

Todo esto nos conduce a nuevos conceptos que irán dando cuenta de la nueva realidad en la que estamos inmersos. Paulatinamente tenemos que dejar de hablar de prejubilación e incorporar un neologismo a nuestro léxico, desjubilación: sacar el cese de la actividad laboral de una edad, para situarlo en la capacidad de una persona. Dichos así, suena bien, pero es algo revolucionario. Poco a poco se ha ido constituyendo una banda de revolucionarios, muchos de ellos sin conciencia -¿de clase?-, que pretende convivir más que sobrevivir; que siguen siendo, hasta donde les dejan, útiles y productivos a la sociedad. Son los séniores y cada vez son más, con la salud y los ánimos intactos y la experiencia acumulada de siempre. Es mucho el talento que estamos desperdiciando ¿hasta cuándo nos lo podemos permitir?
Solo los contrarrevolucionarios que, como las meigas, haberlos, los hay, están reaccionando, y mal, apoyados en una mentalidad más propia de otro tiempo. Se dice, se comenta, se justifica, pero quién se oculta detrás de esta forma verbal, más cuando en castellano los verbos impersonales tienen que ver con accidentes del clima -llueve, nieva, truena- para transmitir a la sociedad una imagen falsa de los séniores, cuyo gran argumento, “van contra el trabajo de los jóvenes”, ya se ha sido puesto en entredicho como demuestra el Mapa del talento sénior recientemente publicado por Fundación MAPFRE. Pero los hechos están ahí y esta banda de revolucionarios sin conciencia de ello serán un tercio de la población española en 2050, y tendrán más salud, conocimientos y energía que ahora.

Nos encaminamos, querámoslo o no, hacia una sociedad de desjubilados, donde surgirán nuevas formas de trabajo y convivencia, amparadas en esta nueva realidad y en el desarrollo tecnológico y la inteligencia artificial. Hay un mundo de posibilidades por explorar. Toda revolución surge de una necesidad social y produce miedo, pues cuestiona nuestro sistema de creencias. La del tiempo, como la neolítica, la industrial o la democracia, no es una excepción. Podemos ser protagonistas de la historia o ser arrasados por ella. Tú decides.

 

Julio Domingo Souto