Escultura, Dibujo y Belleza

El dibujo, una obra hermosa en si misma

El dibujo, una obra hermosa en si misma El dibujo, una obra hermosa en si misma

Auguste Rodin
Femme de dos, relevant son châle vert à la taille [Mujer de espaldas con mantón verde], ca. 1900
© Auguste Rodin, VEGAP, Madrid, 2020 

A mediados de 1880 la obra del escultor francés Auguste Rodin (1840-1917) experimenta una evolución. Las figuras femeninas se hacen más presentes en sus esculturas, pero sobre todo en sus dibujos; los cuerpos adquieren una nueva sensualidad coincidiendo con el inicio de su relación con Camille Claudel, pero también con sus lecturas en este período: Dante, que estudia cuando le encargan una de sus obras más famosas en este mismo año, La Puerta del Infierno y Las Flores del Mal de Baudelaire.

En 1910 Rodin afirmó, tajante: «El dibujo es la clave de mi obra». Con los años el artista fue intensificando en esta práctica hasta convertirla en su actividad principal, centrándose cada vez más en expresar el movimiento vital de sus modelos: las caras apenas esbozadas o mujeres de espaldas a las que a veces añade acuarela, normalmente un color discreto en los que puede destacar la cabellera generado con una mancha de color. Frecuentemente se trata de mujeres desnudas o desnudándose como si tratara de capturar “cien posturas inconscientes y momentáneas, la eternización de los aspectos más fugaces de la belleza».

Bajo el arco de la Vida, donde el amor y la muerte,
el terror y el misterio, guardan su santuario
yo vi a la Belleza en un trono,
y aunque sus ojos son abandono
la dibujé en la simplicidad de mi aliento.

De Ella es la mirada ─sobre y debajo
del cielo que se curva sobre ti-
por mar o cielo o mujer, sólo hay una ley,
ser el siervo de su palma y su corona.

Esto es lo que la Señora de la Belleza sabe,
en cuya alabanza tu voz y tu mano se agitan,
larga sabiduría en el vuelo de tu cabello,
el diario palpitar en tu corazón y tus pies,
¡Con qué pasión irremediable, en cuántos vuelos!
¡Cuántas formas y maneras tienen sus días!

El alma de la belleza, Dante Gabriel Rossetti, 1866