Fundación Horizontes Abiertos

Un lugar de paz y cariño para los olvidados

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María Matos, presidenta y cofundadora de Horizontes Abiertos, es una mujer elegante y enérgica, que contagia su sonrisa. La superheroína de esta historia, empezó a colaborar hace más de 40 años con el padre Garralda, visitando a personas recluidas en una prisión. “Nuestra gente, la que atendemos, es la que nadie quiere porque les han quitado lo más importante: el cariño. Sin eso no se puede vivir con dignidad. Por ellos intentamos trabajar con profesionalidad, sin dejar de mirar a los ojos. Y abrazar mucho. Porque un hogar, y alguien que te quiere puede ser la diferencia entre estar y no estar en la cuneta de la sociedad” afirma.

Desde que conoció el mundo de los que pasan por la cárcel, su concepto de justicia es sencillo: “La justicia es que las personas que no han tenido la suerte del cariño y el bienestar puedan elevar su voz. La voz del niño cuya madre está en prisión; la de los hombres y mujeres que piden una segunda oportunidad. La justicia es devolver la mirada y llenar de confianza a quien quiere salir”.

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La Fundación Horizontes abiertos ofrece hogar a personas convalecientes, con enfermedades crónicas o en estado terminal, después de salir de prisión o de hospitales donde ya no pueden permanecer puesto que necesitan cuidados continuados en un domicilio. Son personas que no pueden sobrevivir ya en la calle.

Hoy, esta fundación se ha convertido en una gran organización que atiende a colectivos que sufren exclusión social severa: niños menores de 3 años con madres que cumplen condena, toxicómanos, reclusos que quieren salir de la droga o reinsertarse laboralmente, mujeres y niños víctimas de maltrato y personas sin hogar, convalecientes o con enfermedades crónicas, o en estado terminal. Durante estos años han atendido a más de 50.000 personas con la ayuda de cientos de voluntarios y profesionales.

Uno de sus centros es esta casa de Villanueva de la Cañada que fue pionera en España. Aquí venían las personas con sida (cuando no había tratamiento) en estado terminal y sin otro lugar adonde ir. Era el tiempo de la droga, de la movida, de aquella década que dejó a tanta gente en la cuneta.

Hoy la casa es un hogar, un lugar de paz, coordinado por Mari Carmen Guargh, junto a otros 14 trabajadores que se turnan, entre monitores, conserje, asistentes, cocinera. Mari Carmen es enfermera y se especializó en el tratamiento de la drogodependencia y enfermedades terminales. Sabe como nadie lo que significa acompañar al final, consolar en el duelo. Sabe lo que se puede y no se puede decir. “Normalmente no se puede ni se debe decir nada”, contesta. “Es mejor estar, escuchar”. Y así lo hacen los voluntarios como José Luís Marcelino, que cada día acuden a la casa para ayudar, para apoyar o simplemente para saludar.

Lucas, José Antonio, Dyango y Héctor forman parte de los 14 habitantes de la casa. Entre ellos hay compañeros cuyo estado de salud es muy grave. Casi terminal. Por ello, una visita a la casa tiene ausencia de nombres y palabras. Se trata solo de estar, escuchar, acompañar en el silencio y mirar a los ojos.