Tema 1: Mi familia en la escuela

Tema 1: Mi familia en la escuela, 12 a 16 años Tema 1: Mi familia en la escuela, 12 a 16 años

Desde que nace y durante los primeros años de vida del ser humano, la familia es la principal agente socializadora. Luego, la escuela será la segunda instancia más relevante en este aspecto. Si partimos de la base de que el ambiente familiar y escolar son los que más influencia tienen sobre el desarrollo del individuo y su proceso educativo, debemos aceptar la idea de que es fundamental la colaboración entre ambos y en general de todos aquellos que intervienen en el desarrollo y formación delos niños.

Mientras se atribuye a las familias el rol de satisfacer las necesidades biológicas, afectivas y de formación valórica, a la escuela, en cambio, se le destina la satisfacción de necesidades intelectuales y académicas, disociando las capacidades formadoras de unos y de otros, lo que marca una división artificial de roles, y significa que, a la vez que se rechaza la posibilidad de las familias de aportar en la educación académica e intelectual de sus hijos, se desconoce el enorme potencial formador y socializador de las escuelas. Esta visión de la relación familia-escuela tiene como consecuencia la construcción de espacios independientes y aislados en los que emergen culpas, temores y desvalorizaciones, lo que repercute directa y negativamente en la educación de los estudiantes.

Conviene señalar que mientras los niños crecen y se van convirtiendo en jóvenes, las familias sienten menos necesidad de vincularse a la escuela, ya que al parecer creen que como sus hijos/as son mayores ya no pueden continuar haciendo un seguimiento de sus labores escolares y surge una equivocada percepción de que son ellos, los jóvenes, los únicos responsables ante la escuela. Para que el adolescente se desarrolle de manera positiva y adquiera cierta autonomía, es aconsejable que la familia le ofrezca un ambiente que combine el afecto con el respeto a su autonomía, lo que no significa dejar que hagan lo que quieran, sino favorecer, mediante pautas de comunicación, su iniciativa propia, darle las herramientas para que adopte sus propias decisiones y poco a poco vaya asumiendo cierto control con respecto a los asuntos más importantes de su vida. También es importante enseñar a través del ejemplo, pidiendo su opinión sobre determinados hechos, respetar su punto de vista y fomentar debates en los que se argumenten las opiniones con respeto y escucha activa.

Con relación al control parental en esta etapa, es importante saber que puede evitar una serie de problemas surgidos en la adolescencia y que tienen su raíz en la falta de supervisión por parte de la familia. El control que ejercen padres y madres en esta etapa tiene la misma importancia que en la infancia: conocer sus amistades e interesarse por sus aficiones y actividades puede ayudar a la familia a conocer mejor a sus hijos/as y estar atentos para apoyarlos en el proceso. Sin embargo, se debe regular la intensidad del control e introducir la comunicación e información como una de las mejores herramientas para evitar la sensación de vigilancia permanente, lo que puede crear el efecto contrario en los adolescentes. En este punto la escuela puede ser un aliado fundamental, ya que es el lugar en el que se relacionan, comparten sus vivencias y desarrollan sus amistades.

La adolescencia es una etapa de exploración, por lo que estar atentos a identificar comportamientos de alto riesgo para su salud es altamente relevante y la familia debe cumplir el rol protector y de afecto que necesitan, a la vez que respetar sus necesidades de independencia y autonomía. Asimismo, la escuela puede ayudar a generar en los jóvenes conductas responsables y valores que les ayuden a tomar mejores decisiones.

Algunas de las barreras a la participación de los padres que se pueden presentar en el proceso educativo son las siguientes:

  • El desconocimiento mutuo, la incomunicación y el desencuentro: Se expresa en la imagen de padres no comprometidos y profesores indiferentes que hace, por una parte, que los docentes sostengan una idea «ideal» de cómo deberían ser las familias sin adecuarse a las necesidades de cada alumno y familia, y, por otra, que las familias exijan y deleguen en la escuela y profesores más de lo que les compete o están capacitados para entregar.
  • Escasos o nulos medios de participación: No siempre la familia sabe cómo apoyar a los niños en su educación y por eso el papel de la escuela es acoger, informar y comunicar los canales disponibles para su participación.
  • La desvalorización de la cultura de origen de los alumnos: Se transmite implícitamente a través de un clima escolar poco acogedor, clima que evita que las familias se sientan respetadas, escuchadas y, menos aún, necesarias.
  • Desconocimiento de la importancia de participar: Lo que se expresa en la excesiva delegación en la escuela de la educación de niños y niñas, muchas veces por la falta de tiempo de los padres y la relación tradicional de desvinculación entre familia y escuela, así como por la falta de conocimiento del rol fundamental de su participación y compromiso en la educación de sus hijos.
  • Dificultades socioeconómicas y geográficas a la participación: Existen familias que aun queriendo participar viven en localizaciones geográficas alejadas de la escuela, lo que les impide materialmente poder participar activamente. Así también hay contextos socioeconómicos en las que sus labores a diario son el sustento de la familia con duras jornadas de trabajo que no les permite tener una participación más presente y permanente.
  • Relación centrada en lo negativo: Manifestada en reuniones entre docentes y familias con el único fin de comunicar los aspectos negativos del estudiante, centrando la relación en los errores que la familia pueda estar cometiendo y que repercuten en el rendimiento de los alumnos en el aula. Todo ello provoca una serie de reproches hacia ambos lados, haciendo que la familia culpe a los docentes de no saber enseñar y los profesores culpen a las familias de no saber educar.

Para cambiar esta equivocada y perjudicial forma de relación y así derribar estas barreras, debemos reconocer los aportes de ambas partes empezando por la familia, ya que se conoce y valora poco la enorme influencia que la familia tiene sobre los rendimientos académicos, la experiencia escolar de sus hijos y el logro de una alianza efectiva con la escuela.

Las características principales de una alianza efectiva entre familia y escuela son:

  • La percepción de una misión compartida por las familias y la escuela: La relación se ve guiada por esta meta en común, que en algunos casos puede ser, por ejemplo, lograr que todos aprendan.La esencia del discurso compartido es que todos pueden aprender y que esta meta se puede lograr articulando todas las acciones entre ambas partes.
  • Cooperación y trabajo en equipo: Los espacios de relación dejan de estar marcados por el enfrentamiento, desaparecen las críticas mutuas y la exaltación de lo negativo en los encuentros entre docentes y familias, volcando el vínculo en torno a la cooperación, el aprendizaje y el bienestar general de niños y niñas.
  • La escuela invita a las familias a participar: La escuela se preocupa de las familias, de que participen y estén presentes y de que tengan toda la información necesaria para ejercer su rol.A su vez, las familias reconocen y valoran la labor de la escuela, participando constructivamente y motivando a los docentes a seguir haciendo un buen trabajo.
  • Mejores modelos de relación: Las reuniones de familias, entrevistas y espacios de participación, son diseñados y planificados de manera atractiva, dinámica, flexible y colaborativa, ya que se encuentran en coordinada sintonía con la meta común, los objetivos de la escuela y las necesidades de las familias.
  • Los estudiantes perciben la alianza positiva entre familia y escuela: Esta característica ayuda a proteger la imagen de ambos sistemas a los ojos del niño, permitiéndole confiar en lo que aprende en ambos espacios educativos. Se inicia una corresponsabilización y una legitimación mutua entre familia y escuela, logrando coherencia en la educación que reciben los niños.

Por todas estas favorables oportunidades, la inclusión real de las familias en el ambiente educativo escolar representa un desafío importante para las escuelas y les invita a generar las condiciones necesarias para establecer una alianza efectiva con las familias y la comunidad. Es necesario que las escuelas logren acordar y decidir el tipo de participación que esperan de sus familias, cuáles son los mejores espacios para ello y qué recursos son necesarios para lograr su desarrollo. De este modo, podrán diseñar estrategias que permitan efectivamente abrir espacios a la participación, cada vez más profundos y amplios, que logren convocar a las familias de la comunidad.

Actividades para desarrollar con los/las alumnos/as

Las familias que se involucran activamente en la educación de sus hijos/as incentivan la asistencia a clases y disminuyen la deserción escolar.De esta manera, los alumnos están más tiempo bajo un ambiente educativo formal y aprenden más. La autoestima de los jóvenes se ve fortalecida, ya que al creer en sus capacidades rinden más en la escuela, aumentan la motivación por aprender y a su vez se sienten más integrados en ella, lo que disminuye la posibilidad del uso de drogas y alcohol y los comportamientos agresivos.

A continuación se proponen actividades a desarrollar en el aula con el objetivo de potenciar este aspecto y apoyar el desarrollo de las siguientes competencias en los alumnos:

  • Valorar las cualidades de su propia familia y las actividades que realizan juntos.
  • Adquirir iniciativa, imaginación y creatividad.Desarrollar actitudes de valoración de la libertad de expresión y del derecho a la diversidad cultural.Realización de experiencias artísticas compartidas.
  • Buscar, obtener, procesar y comunicar información y transformarla en conocimiento.